“El oso en el madroño”… “las bendiciones de La Conquista”… “la luz que alumbró una larga noche de piedra”… y algunas otras frases de la proverbial demagogia de mi padre… todas las dejé caer en la sobremesa en casa de mi amiga Flor. Tenía catorce años e ignoraba; así que mi olfato social no operó correctamente y su padre, don Martín, no pudo evitar mirarme con desprecio. Me redimí llevándole buñuelos a doña Flor, cuyas caderas denotaban un gusto enorme por las harinas. Más que flor, parecía nopal hinchado; turgente y pardo, como los que había visto cuando fuimos de paseo a Teotihuacán. 

La sola presencia de don Martín movía, si no montañas, sí cerros y cerros de convicciones vanas. Este moderno Tlacaélel forjado en maíz y obsidiana, de brazos secos y llenos de venas, me concedió el honor de acompañarle en sus campañas pedagógicas. Yo cargaba los libros y demás pertrechos, y cerraba el pico, so pena de ser privado de tal privilegio. Enseñó a leer a más de uno, inició en las artes de la carpintería a varios jóvenes descarriados; plantó 52 ahuehuetes en un solar de su amada Milpa Alta, encabezó la revuelta contra el presidente municipal a quien, casi a punto de ser linchado en juicio sumarísimo, le concedió el perdón, no sin antes advertirle que abandonase esas tierras. 

Vulgares y novedosas “guerras floridas” estaban dando inicio en aquella época de dolor y desesperación en Milpa Alta. Se hablaba de una banda de secuestradores de Tlahuac; se rumoreaba acerca de una venganza del funcionario depuesto… nacieron una y mil versiones, pero nunca se supo la verdad. La noche del rapto y desaparición de mi amiga Flor las estrellas en el cielo eran débiles fuegos fatuos. La oscuridad y el silencio fueron la conjura perfecta y el marco idóneo para semejante latrocinio. Ya llevaba tres horas buscando a don Martín. Fui al llano a gritar, me asomé a las grutas; recorrí los cerros oliendo como lobo cada piedra, cada arbusto… nada. 

Lo encontré parado a la orilla de la carretera. Se había desnudado completamente. Tenía el cuerpo cuajado en laceraciones que él mismo se había infligido. Ya no tenía fuerzas, por eso no me costó trabajo sentarle en una piedra. Parecía un ídolo mal tallado y abandonado, por no ser digno de la fe de los hombres. Lo tenía abrazado y pude oler su aliento alcohólico. Comenzó a babear y a hablar por lo bajo. Mis catorce años no me permitieron dimensionar el horror encerrado en sus palabras; el dolor de un padre al saber desflorada su flor; al ver sofocado el canto de su cenzontle y deslavado el verde del jade engarzado en el collar de su destino. Me acerqué más para poder entender lo que balbucía; cada vez que lo recuerdo, al cabo de los años, no dejo de estremecerme: 

“El velo de Maya se mueve… y mi espíritu se conmueve… nada me es propicio… in xóchitl, in cuícatl…” 

ARI VILANOVA 


Emilio Lirola Robles (Ari Vilanova)

Es un baterista descuadrado que intenta realizar audiovisuales, ilustraciones y relatos cortos. Nació en la Ciudad de México, en terrenos tepanecas de Azcapotzalco, en 1967.