Calle 5 de Mayo, de comedores y cenadurías. La tradición de la familiaridad entre un mundo de desconocidos

Sobre la calle 5 de Mayo, que entra desde Eje Central hasta el Zócalo capitalino, podemos encontrar lugares de larga tradición, dedicados a atender a comensales hambrientos, deleitando con comida mexicana a chicos y grandes.

Si eres buen observador podrás notar que todos esos lugres comparten una estética, el menú e incluso el modelito de platos y vasos; entre barras con asientos fijos para los visitantes solitarios, gabinetes rígidos, mesas de aglomerado recubierto, y al parecer la decoración está basada en aquella psicología del color, donde el tono «duraznito» te provoca hambre, y yace aquella rutina de «saluda, come, paga y vete».

Rescatado de esa dinámica 100% mercantilista, brotan a la vista meseras que se esfuerzan por sonreírte, saludar y, entre esas, bromear, donde el trato con la gente puede que las salve de la chinga que se llevan estas valientes y luchonas féminas, que diario se enfundan el vestido color naranja, con mandil, y los gritos entre la cocina y las compañeras.

Ellas se esfuerzan por atender rápido al cliente, por no olvidar la orden de pan o tortillas, y entonces me siento a ver la agilidad con la que sirven, con la que atienden, con la que el gerente les exige la velocidad que es dinero; admiro su trabajo y su atención, que también se convierte en una propina decente.

Muy cerca al Eje Central se encuentra La Pagoda. Anteriormente fue un restaurante chino, pariente de El Popular, el cual hoy, mientras esperaba para entrar junto a la puerta, mi teléfono se conecta al wifi y llegan notificaciones, es entonces cuando recuerdo ¡ah, claro, ya he estado aquí!, ¡ah claro, abren las 24 horas! ¡ah claro, tienen wifi!

Ahí es donde alguna fiesta loca terminó por la madrugada con molletes y chocolate. En esos momentos en que te avasalla el anonimato de la fiesta, buscas la familiaridad en ese mundo de desconocidos: esperas que alguien te dé de cenar para bajar tremendos alcoholes, que te den de cenar por que estás lejos de casa o por que simplemente en tu casa no hay nada comestible desde hace un par de semanas. Me pregunto, ¿y todos están aquí por la misma razón?

Entonces, un hombre ya entrado en años, se levanta de su sitio y se despide con familiaridad de la mesera. Él ha hecho un hábito de sabrá Dios cuántos años o ¿días?. Y mi deducción es: son cafeterías de tradición las que se construyen de comensales asiduos, de solitarios y extraños que memorizan los menús, aunque casi siempre pidan lo mismo, para aquellos que se sientan para ser atendidos de vez en cuando o diario.

Cuántas historias no habrá ahí detrás del intercambio servicio-cliente. Historias de amor, odio, indiferencia…

Varias calles adelante, se encuentra, el que puede postularse como mi favorito, Café La Blanca. Y este año cumple su primer siglo, es un encantador lugar donde el tiempo detuvo su paso entre los 50’s y los 70’s.

En los muros hay fotos históricas de la plaza de la constitución en época de la revolución, una báscula como las que encontrabas en la farmacia que recibía miles de pesos, (lector nacido después de los 90’s, te explico,$1000 pesos de antes hoy son $1 peso, gracias a Gortari).

El uniforme de las meseras y los mozos que sirven café, mientras yo pongo cara de perro agradecido cuando veo el chorro de café seguido por el humeante de leche que espumea en el vaso… momento mágico y poético. No hay ocasión en la cual haya salido con hambre o disgustada por algo, es un lugar cómodo, tranquilo, con vista a la calle pero aislado del ruido, nunca hay música, solo los ruidos lejanos de la cocina, los murmullos suaves de la gente alrededor, los cubiertos del cajón que una mesera toma para deslizar de un movimiento tajante a la mesa del próximo comensal, la luz fría casi de escenografía envuelve el lugar y es ahí donde la magia gastronómica sucede:  menú a la carta, menú de temporada, mixiotes con frijoles y guacamole, cochinita pibil, chiles en nogada, agua de tuna, sopa azteca, carne asada, pescado empanizado con ensalada,  molletes y pan con leche, y hasta los huevos con jamón son como en casa, finalmente es eso, a veces para los que estamos lejos, el sabor y el sazón es lo que nos acerca un poco al nido del que venimos, aunque sea rodeados de desconocidos, buscamos en la comida el placer del paladar que nos siente cerca.

Así que ¡buen provecho!

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