Por A. Reyes


Desde pequeña me daban miedo las arañas, no sólo las tarántulas negras, también las pequeñas que tienden su tela diminúscula y fina, las arañas patonas tan solo encontrarlas detrás de un mueble me dan pánico, pensarlas huyendo con sus ocho patas me da terror, no puedo ver telarañas o cualquier cosa que se relacione.

No importa el tamaño o el color, simplemente me dan mucho miedo, incluso en la primaria cuando tenía que pegar alguna monografía que tuviera alguna araña dibujada, hasta en las caricaturas me dan repulsión, ni siquiera pensar en las fiestas de Halloween con telarañas falsas por todos lados y los espantosos arácnidos de plástico, me da asco y terror pensar en cualquier tipo de arañas.

Cuando iba en la secundaria, algunos compañeros notaron mi fobia particular y me jugaron una broma espantosa, casi mortal, consiguieron una tarántula viva y la pusieron dentro de mi mochila antes de comenzar las clases. Y al llegar el profesor nos pidió sacar los libros, al abrir la mochila salió el espeluznante animal, grité como nunca y avente la banca y la mochila tan lejos como pude con una fuerza que nunca pensé tener, la sorpresa de todos mis compañeros terminaría en carcajadas y burlas que duraron hasta el fin del ciclo escolar.

Mis padres tuvieron que llevarme al psicólogo por varios meses consecutivos, en vez de ayudar solo reafirmaron mi terror. Por extrañas razones, la lógica del psicólogo en ese momento era “acostumbrarme a la presencia de los inevitables arácnidos”. El muy idiota me expuso a documentales, películas, dibujos animados, cuanto material gráfico que solo amplificaba mi repulsión y terror, hasta que un día antes de “terapia” le supliqué a mi madre que no me llevara que era una pesadilla ir ahí, con un señor de 70 años que con trabajos se podía levantar a preguntarme cosas de mi infancia, de mi familia y mostrarme todo tipo de imágenes de esos asquerosos bichos, esa era la psicología en la década de 1980.

Conforme crecí me encerré más en denotar mi fobia, trataba de ser discreta, solo mis amigos y familiares más cercanos lo sabían y respetaban mi terror sin bromear más con ello.

Pasaron los años y cada vez me hice más citadina, evitaba a toda costa salir al campo dónde seguro se encuentran esos bicharracos del mal, me había hecho adicta a limpiar y sacudir todo mi entorno, como docente inculcaba lo mismo a mis alumnos; sacudir, sacudir, sacudir, remedio para el polvo y obviamente para evitar las telarañas, mi aliado en la limpieza era una dotación mensual de insecticida en aerosol.

No sé cómo llegue aquí, pero cada vez es más terrible, pensar que tu fin se acerca, que tu pulso esta acelerado y la adrenalina corre por tus venas, ¿qué hago yo en una telaraña gigante? Es evidente que es el fin de mi vida, como cualquier otro insecto atrapado en una telaraña, pegada a una fibra chiclosa, en la cual con cualquier movimiento me arrastra más a una inevitable muerte, a lo lejos veo a ese animal moviendo la superficie con el andar de sus ocho patas, con un caparazón negro brilloso con rayas amarillas, ya no me puedo mover, sé que se aproxima hacia acá, es un miedo espantoso. Pienso en mi familia, si me podrán encontrar aquí, no sé donde estoy, es el final, se aproxima…

«Riiing» «Riiing» «Riiing» …

Allin L. Reyes

Catadora profesional de chilaquiles, chilanga por convicción que cuenta cuentos por mero gusto.