Por: Óscar Muciño


La escritura de poesía es muy parecida al acto de sacarse un moco. En ambas, regularmente, comenzamos hurgándonos, buscando algo que intuimos, que sentimos, que percibimos y que nos incomoda. Ahí está, interfiriendo con la respiración, generando un silbido cuando exhalamos. O se asoma y nos apena.

Las emociones, cuando son nuestras, cuando las mantenemos en nosotros, son engañosas en su dimensión e intensidad. Pasa igual con el moco, cuando lo palpamos dentro de la nariz nos parece gigante; cuando lo sacamos y observamos, caemos en cuenta que lo creíamos más grande de lo que en realidad es. Como ocurre con las emociones y sus materializaciones en verso. Ninguna línea escrita refleja con justicia las emociones.

Siguiendo, los vellos de la nariz, como es sabido, son más gruesos que los vellos de cualquier otra zona del cuerpo. Filtran al aire de las partículas exteriores que buscan ingresar. Tras ocurrir esto, los agentes externos se cristalizan en distintos grados de dureza. Tal cual funciona el sentimiento “poético”, cristalizando estados anímicos.

En ocasiones lo que sacamos de nuestra nariz lo lanzamos lejos de nosotros con un movimiento de índice y pulgar, otras ocasiones nos lo comemos, otras lo pegamos en el primer lugar propicio, muchas veces lo escondemos, como debajo de la mesa. Otras ocasiones, admitámoslo, jugamos con el moco antes de deshacernos de él, vamos formando una bolita, un cubito o una forma geométrica, adecuamos el moco al lúdico movimiento de nuestros dedos. Inclusive, lo estiramos, lo alargamos, estirándolo para comprobar su flexibilidad, la distancia que puede alcanzar. Todo esto, por supuesto, se encuentra condicionado por la consistencia del moco. No cuesta trabajo relacionar nuestros acercamientos lúdicos y escrutadores con el moco, con la forma en que nos acercamos al poema, experimentado con su maleabilidad, las formas que podemos darle, los resultados si estiramos las palabras.

Yo, a veces, despierto porque un moco interrumpe mi dormir. Y cuando mi cuerpo está enfermo o enchilado los mocos fluyen sin restricciones por mi fosa nasal. Humedezco pañuelos que luego tiro a la basura. Como con los poemas lacrimosos de los que intentamos limpiarnos de inmediato, para que no descompongan nuestro rostro.

Moco y poesía hermanados como productos de nuestros cuerpos. Creaturas separadas por la vanidad del filtro del pensamiento. Salados productos de nuestras funciones orgánicas, de nuestro vivir.


Óscar Muciño

(Ecatepec, México, 1984). Escribo y corrijo textos. Formé parte de la redacción de la revista RetaguardiaMix. Conduzco el programa Máximo 60, un miércoles sí, el otro no, a las 21:30, en la estación en línea NoFM-Radio. Escribo la columna Municiones, sobre poesía, en el portal de Expansión Radial. Tengo un blog: https://thesolipsta.wordpress.com/https://thesolipsta.wordpress.com/