(Planta Baja) Capítulo 2

Por: Babieca Zavala

¿Cómo pude estar tan equivocado cuando me supuse acostumbrado a cualquier cosa, a lo que fuera? Supongo que fui bastante ingenuo y arrogante. Debería prestar más atención. Los medios de comunicación se han esforzado en, más o menos, prepararnos para la violencia cotidiana, con su propio bombardeo incesante de intimidación, porque la supuesta armonía pende de un hilo y tarde o temprano alguna desgracia nos ha de alcanzar. Ahora mismo me parece increíble que a cada instante no se desate una catástrofe: vehículos a nada de chocar, azoteas infestadas de malas instalaciones de gas, escalones endebles en los pasos peatonales, potenciales accidentes por donde quiera que uno mire, posibles eventos perturbadores al asecho. Tendremos que resignarnos, estamos instruidos para la mansedumbre, con ser parte de una estadística más fuerte que nosotros, porque las cosas son como son, no tiene remedio y es mejor que te acostumbres.

¿Dirán algo de nosotros el día de mañana en los periódicos? En realidad no estamos preparados para ello. Suponemos que es así, que somos inmutables, estoicos. Lo que pasa es que siempre es otro, alguien lejano del que hablan en los periódicos, por lo regular en un tono chistoso: siempre es otro el arrollado, el descabezado, el del tiro de gracia, el famoso efímero con una portada de diario dedicada a su persona; siempre es otro el “hombre sin identificar”. Probablemente ni a comentario minúsculo en la sección final diario llegamos, opacados por calamidades de mayores dimensiones. Seguro hay por montones y para los editores ha de ser difícil elegir.

        Más bien, lo que han logrado los medios es insensibilizarnos, que veamos el terror del mundo como algo usual y al mismo tiempo como algo fuera de nuestra burbuja; la cual creemos de acero. Basta un soplo para cambiar de ruta y los peligros acechan por todas partes, incluso tras figuras insospechadas. Es suficiente una señal de alarma, un simulacro relativamente cercano a nosotros para reactivar la bomba de adrenalina y desempolvar nuestras viejas plegarias.

        No me explico cómo nunca la había visto antes. Pasé todo el día postergando el trabajo con la tarea única de averiguar por los pasillos detalles sobre la vida de una tal Carolina: madre soltera de dos hijos, sin estudios universitarios concluidos, al parecer lleva buen tiempo trabajando en este lugar, dicen que es la amante de Henríquez. A cada noticia que recibía de ella, mi deseo iba disminuyendo. Ya no era “el ser más hermoso” con el que me pude haber cruzado en mi vida. Se volvió una fulana más. La caída del ser engrandecido con cualidades magistrales: inteligente, amable, cariños, de voz suave; a amante del jefe, me llevó a tacharla de puta. Me sentí estafado, la imaginaba con una voz chocante, aguda revienta tímpanos; ahora recuerdo su rostro y veo las manchas de rímel en el filo de los ojos, sus marcadas arrugas, dos profundas zanjas en las mejillas; las plastas vulgares de maquillaje, su amplia frente con esa vena a punto de estallar. Lo bello puede ser una mentira, un truco barato. Lo horrible, sin embargo, muchas veces llega a ser bastante real. A cada noticia recibida como el descenso accidentado de un hermoso niño por las escaleras; a cada peldaño más golpeado y desfigurado, logró mover mi morbo en busca de profundidades más rapaces. Quería encontrar algo que me diera un verdadero motivo para odiarla y no arrepentirme de cualquier adjetivo que le colgara. Es bastante sencillo distraerse, sobre todo con imágenes seductoras. Uno se pierde, divaga. Gasté todo el día indagando su pasado cando a quien le debí prestar atención, quizá desde hace mucho tiempo, era a otra persona, un ser sutil, el verdadero rostro de lo espeluznante.



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Descensores: PA Primer capítulo

Descensores: PA Segundo capítulo

Descensores: PA Tercer capitulo

Descensores: PA. Cuatro capítulo

Descensores: PA. Quinto capítulo

Descensores: PB. Primer capítulo