(Planta Alta) Capítulo 3

Por: Babieca Zavala

Todos creen que me conocen.

Todos dicen: Sara es una impredecible.

Han visto en mi ropa demasiada evidencia para catalogarme como la loca de los gatos. Para ellos soy Sarita, un ser opaco, frágil, al que deben tratar con la yema de los dedos y hablarme despacio para no desteñirme un poco más. Es más, ni siquiera soy Sarita, soy un diminutivo; aquella a la que invitan “un cafecito”, “un panecito”, a la que le preguntan: “¿Te puedo robar un minutito?”. Soy la aburrida, la constante, la que siempre llega en taxi, muy temprano, al trabajo y carga galletitas en su bolso por la diabetes. La que no sale a comer a la calle y prefiere arriesgarse con lo preparado en la cafetería de la empresa. Por pura cortesía o lástima siguen invitándome de vez en cuando a sus reuniones. A veces me han dado ganas de asistir, decirles sí, con gusto iría a la primera comunión de sus hijos. Pero en sus ojos veo el presupuesto de mi rechazo, lo anticipan, atajan cualquier respuesta posible.

        No comprenden la soledad de una casa vacía, lo triste de llegar por las noches con latas de atún para la cena que los muy mal agradecidos devorarán aprisa para huir de tu lado. No imaginan la desolación de un televisor encendido toda la noche para ser recibida por el “buenos días” de los conductores de noticieros y así mitigar un poco el escándalo de la tristeza. No alcanzan a intuir el complicado esfuerzo de abrir una vez más los ojos y comprobar que del otro lado del sueño no hay nadie, sólo tú y la televisión y un montón de cosas que hoy significan ausencias pero antes fueron ilusiones, deseos, contenedores de futuro. No sospechan la cantidad de sábados desperdiciados, caminando sin rumbo, con la esperanza de ser interceptada por algún encuestador y así poder platicar con alguien, salir un rato de mí e inventarme otra vida; una donde el hubiera existe.

        Fines de semana enteros en los cuales escapo de los espacios donde, más que habitar yo, vive la memoria, y en cada objeto se incuba y brota el dolor. Viajes en taxi, reservaciones de hotel, me sirven para volver a juntar los pedazos de mí que se quedaron dispersos tras un horrible accidente. Con el taxista, con el empleado de la recepción, puedo ser quien yo quiera, y la Sara que deseo es la de dos años atrás. Podría hacerme pasar por una ejecutiva exitosa o una empresaria cruel, por actriz de teatro o una vieja bailarina en puntas retirada con una pequeña, pero feliz, academia para jovencitas. Sin embargo, prefiero ser la empleada de oficina, con un sueldo miserable y preocupaciones comunes y corrientes causantes de mis primeras canas. Me gusta regresar, ser la señora que discute con su marido y regaña a sus hijos, la mujer de unos instantes previos al choque.

        Con mis compañeros de oficina no puedo escapar de esa forma. Ellos creen saber lo que pasó, se inventan historias. Dicen que yo los maté en un ataque de nervios: harta de las discusiones, de las inquietudes económicas y laborales, me fui a estrellar a propósito contra el tráiler. “Por eso la dejó su esposo, no la podía perdonar”, alcancé a oír sus murmullos mientras pasaba por el pasillo. No saben que fui yo quien no se perdonó nunca. Es verdad, veníamos discutiendo, el dinero no alcanzaba desde que corrieron a Ricardo del trabajo. A Federico lo habían vuelto a echar de la escuela y no quedaba otra alternativa más que inscribirlo en una secundaria particular pues ya en ninguna estatal lo aceptaban. Raquel, a sus diez años, tenía más experiencia en clínicas, con sus venas todas picoteadas, que un anciano diabético. Las cosas no iban. Con esfuerzo terminamos de pagar la casa para que los niños crecieran en un mejor lugar, cada uno con su habitación y su espacio, donde pudieran jugar con sus amados gatos. Veníamos discutiendo, veníamos gritando por algo tan estúpido como el dinero. Mire el retrovisor. Raquel estaba parada al borde de la ventana. No pudo ella haber bajado el cristal porque tenía seguro para niños. Fui yo, fui yo la que por andar manoteando y exigiéndole a un hombre bueno que se tragara su orgullo y regresara al periódico a pedir perdón por no escribir lo que la redacción quería que escribiera, notas sensacionalistas, de ejecutados, de accidentes fatales y reproducciones sumamente gráficas de feminicidios, notas brutales. Al momento de ver a la niña ahí parada no supe reaccionar, el pánico se apoderó de mi cuerpo. Quise girar para agarrarla, sin embargo, mis manos permanecieron pegadas al volante. Giré a la derecha. Vi claro como Raquel salía volando por la ventanilla y el coche se iba a ensartar entre las llantas del tráiler, aplastando a Federico, hiriendo gravemente a Ricardo. Sólo yo quedé consciente, atrapada entre los fierros, con el cuerpo atorado entre los asientos, mirando directo hacia el asiento de atrás, observando como mi hijo había sido devorado por el camión. Mirando hacia el vacío donde instantes previos estaba Federico… Traía los audífonos puestos, no quería escucharnos discutir una vez más a su padre y a mí. Sin poderme mover, escuchaba a la niña llorar, gritaba por primera vez mamá, olvidando que siempre me decía Sara. “Aquí estoy mi amor”, quería gritarle y no podía. Hasta que no la oí nunca más.

Todos creen que me conocen.

Me ven y dicen: “Ahí va Sara, la loca que mató a su familia”.

        Salió en los noticieros. El periódico donde trabajaba Ricardo escribió una semana entera sobre nuestro accidente. Aparecimos en primera plana, en una de esas historias que tanto detestaba escribir él y yo le exigía que las hiciera. Raquel permaneció viva dos días más. No pude verla. Mis suegros se encargaron de los cuerpos y no permitieron que supiera qué fue de ellos, aunque para esos momentos no quería saber de nada en el universo. Ricardo siempre estuvo de mi lado, pero los medios hicieron su labor, manipulando la opinión de todos, incluso yo dudaba de mí misma.

        Poco después de salir del hospital, como autómata, busqué un nuevo trabajo y me refugié en él. Alguien me reconoció de las noticias y corrió el rumor. Si de por sí, mi tristeza y figura ahuyentaba a todos, después fue peor. Me tratan con pinzas, según para no herirme, pero por dentro se alegran de que mi cabello se volviera todo blanco, me tornara diabética y de que con el tiempo haya alejado incluso a Ricardo: “Me lo merecía”, pensaban. No perciben que suficiente castigo cargo todos los días y enfrento cada noche al llegar a casa.

        Todos creen que me conocen. Tal vez después de hoy se sientan más tranquilos al comprobar sus sospechas y puedan felices decir: “Lo sabía, esa mujer estaba loca”. Aunque de seguro no podrán articular palabras, se quedarán tan mudos como yo ese día.

        Me han arrebatado la posibilidad de ser otra, seré, pues, la que esperan que sea, la impredecible. Me han quitado mi nombre, pero ese, al menos, sí puedo recuperarlo, dejar de ser Sarita. A partir de hoy no seré más un diminutivo, volveré a ser Sara Díaz Álvarez. Recordarán, los que aún puedan, mi nombre con cada una de sus letras y no lo olvidarán jamás. Probablemente no todos en el edificio lo merezcan. Éste pobre diablo tal vez deba salvarse, pero eso se sabrá al final del día.

                –Nos vemos– le digo. –Suerte–

Qué linda la tristeza cuando al fin se calla.


Puedes leer las partes anteriores en las siguientes ligas:

Descensores: PA Primera parte

Descensores: PA Segunda parte