(Planta Alta) Capítulo 4

Por: Babieca Zavala

Con el lento juntarse de las puertas voy dejando de ver, poco a poco, el pasillo repleto de personas enfundadas en ropitas de aparador, una talla más chica a sus fisionomías, y empiezo a ver mi semblante borroso sobre la superficie de metal. Es agonizante, eterno, el deslizarse de las láminas hasta quedar herméticamente cerradas. Si no se apuran, en cualquier momento alguna mano se ha de aventurar para impedir su unión, y entrará, la mano acompañada de todo un cuerpo, ocupando espacio, robando oxígeno, molestando con su presencia.

Suena el timbre.

Al fin, solo. Puedo dejar de fingir. Desaparece esa sonrisa idiota de quien por dentro sufre de incontenibles movimientos intestinales a causa del miedo y como única defensa ante la hostilidad del mundo tiene una contracción automática en los músculos del rostro y del ano. Compruebo que mi axila está empapada. Mi corazón ya puede latir tranquilo a mil por hora. No estoy hecho para el contacto humano. Pico el botón que dice “PB”: el vértigo se vuelve exponencial. Nausea. Son las seis de la tarde… Ha terminado mi primer día de trabajo.


        Mientras tomaba la capacitación las cosas resultaron sencillas. Era un regreso miniatura a las aulas, donde destacar es fácil pues no son más que un simulacro de la vida, algo incierto, prácticamente inútil, como casi todo en este mundo. Mucho tiempo escuché el discurso de quien pretende sentirse moralmente superior a cualquier otro, ese soliloquio que recita: “El universitario debe retribuir su conocimiento a la sociedad”. Es totalmente falaz. El conocimiento no ayudará a la sociedad hasta que las universidades estén abiertas a todo el pueblo. Mientras se sigan manteniendo esos filtros ultra elitistas, el saber permanecerá encerrado en círculos pequeños, en minorías pretenciosas estructuradas de forma similar a una secta con distintos grupos internos en perene disputa, en la cual, el nombre clave de tu participación, y la importancia de ésta dentro de dicha secta, viene subyugada a una nomenclatura impuesta sobre tu apellido, entonces te conviertes en el Doctor Aguirre, el Maestro González Plata,  el Ingeniero Campos o la carne de cañón del Licenciado Cualquiera. Todos ellos se creen en la cima del conocimiento, se sienten los parteros de conceptos abstractos, la quintaescencia del poder intelectual. Sin embargo, únicamente menos del 10% de esa secta internacional son los que en verdad dicen cosas nuevas. Los demás, discurren entre la crónica obvia de una cotidianidad fotocopiada, una ejecución técnica hiperespecializada o el ser un experto en el copy-paste de bibliografías extensas y complementarias. Lo sabía muy bien, casi desde el principio. Pero, continuar estudiando es, también, una manera hermosa de prolongar la infancia, extenderla hasta lo insoportable de tus sesenta años o más. Una manera de darle la espalda al mundo al intentar analizarlo, explicarlo con evidencias cualitativas y cuantitativas. Los niños más cultos del planeta se encuentran rondando constantemente las aulas, dándoles clase a jóvenes que quieren llegar a ser algún día como ellos e inconscientemente aspiran a volverse infantes: pretenciosos, déspotas, mimados, envidiosos, celosos, sabelotodo; aunque no sepan nada más allá de la palma de su mano o su especialidad, porque no hace falta, porque el universo se puede contener en una pelusa. Por eso continué con la Maestría en Ciencias Políticas. No pretendía retribuir nada de lo que me enseñaban, para mí nuevo, cada día. Sí, creía en el estudio como una actividad hedonista, cargada de ego, y nada más. Mr. CONACyT, esa deidad omnipresente y omnipotente, el Dios de los intelectuales que les multiplica el pan y llena de vino, me pagó un muy buen dinero mensual por seguir siendo niño otros dos años más. Lamentablemente, al terminar los créditos, habiendo estado siempre gravitando solo, mis bonos de sociabilidad dentro de la secta eran escasos, por no decir nulos, y esa es una parte importante para seguir escalando dentro de la organización. Con mis profesores, e incluso con mi asesor de tesis, llevé una relación cordial, pero distante. Después, vino el largo periodo en el que sigo preparando mi examen profesional, ya sin beca. Se juntaron las deudas, las responsabilidades, llegó la necesidad de salir de la infancia e ir a buscar empleo. Puestos de maestro en escuelas secundarias o bachilleratos particulares de muy mal nivel académico eran quienes me recibían con los brazos abiertos y sus salarios miserables pagados por hora. Crecía la insoportable realidad de ser un organismo vivo con necesidades básicas, de las cuales, algunas no se consideraban tan esenciales hace unos cincuenta años.

        Me caga el ser humano, su absurda vanidad, todos sus sueños tan poco originales y completamente impuestos. Aunque no creo en ninguna otra deidad aparte de aquella que me daba dinero, a veces suelo pensar que si existiera, y fuera tan todo poderoso como muchas religiones dicen que es, Él pudo haber creado cualquier otra realidad, una donde sus creaturas no sufrieran. Pero, megalómano como lo imaginaron sus creadores, hizo ésta, donde la vida no hace sino ser violenta para seguir reproduciéndose y mientras más dolor se acumula incesante, la gente más recurre a él, arrodillada, suplicante. Han prometido fines del mundo, apocalipsis, sin embargo, de la mano de dios nunca llegará el final de fuego avasallador de todo, es el deber del hombre acabar con el mundo, terminar con la obra de dios. Y lo estamos haciendo de maravilla: explorando el espacio, contaminando toneladas en cada cohete lanzado sin descubrir aún del todo qué se encuentra en los océanos; derritiendo los polos; atravesando el Atlántico en vuelos ociosos que solo representan “capital cultural” y un poco de esparcimiento de estricto itinerario; adorando la velocidad, lo muerto; refinando más y más petróleo; utilizando aerosoles; teniendo hijos cual conejos; deforestando; confinando, aniquilando especies nada más por su sabor o su utilidad única y exclusivamente para el hombre; matándonos entre nosotros por hechos tan nimios como cruzar una frontera o tener un color de piel distinto, en tiempos donde el nacionalismo y la raza es una idea anacrónica; multiplicando la desnutrición y al mismo tiempo el sobre peso; regando basura por las calles como si fueran las primeras semillas que el hombre esparció consiente de su significado, transmutándolo en uno nuevo: la siembra de la destrucción; enriqueciendo a las siete grandes empresas globales (entre petroleros, fabricantes de automóviles, firmas de internet, industriales de las drogas y cadenas comerciales se desmorona el mundo) que cabalgan impunemente cual jinetes del fin de los tiempos.

        Debería irse todo a la mierda. Pero en lo que eso ocurre (aunque hoy un meteorito haya caído sobre Rusia sin demasiado escándalo más que la polifonía orate de los noticieros, sin pasar gran cosa) y nadie está seguro como para cuándo; terminé por buscar empleo en esa agencia de colocación que lo mismo oferta plazas de gerente regional que de ayudante general. Mi perfil, sin ningún tipo de experiencia laboral, pero muy bien preparado, no encontraba cabida en ningún puesto. Lo más conforme a mis deseos y capacidades era pasar los días haciendo llamadas telefónicas intentando vender paquetes de televisión por cable con servicio telefónico e internet por un salario de siete mil quinientos pesos mensuales, casi lo mismo de la beca. Una parada temporal en lo que me preparo para el doctorado y continúo engañando a la vida.

        Durante la entrevista fui confiado, desenvuelto, hasta simpático. Supongo porque el tema de conversación se centraba en mí: mis intereses, mis gustos, mi decisión de trabajar ahí aun contando con una maestría. Y hablar de mí, que me conozco tanto, es simple, pues no he convivido más que conmigo y un montón de textos que confirman mi repudio a la humanidad. Cuando me preguntaron si era alérgico a algo pensé en decir que al contacto con la gente, pero me guardé el comentario y dije: “al polvo”, a la pregunta de si tengo una incapacidad debí decir que sufro gozosamente de severos síntomas psicopatológicos de incapacidad social. Pero me quedé callado. Pasé la entrevista, exenté la capacitación. Estuve nueve horas con idiotas compitiendo por traerle más dinero al hombre más rico del mundo, con imbéciles que trabajan para comprarse ropa de temporada, con zoquetes que invierten todo su salario mínimo y minúsculas prestaciones en la bomba de tiempo de la reproducción a lo bestia, con ignorantes siquiera del por qué están ahí. Y tuve que permanecer esas nueve horas con una sonrisa igual de estúpida, presentándome a todos por el ser “el nuevo”, pidiendo asesoría a los expertos en convencer vía telefónica a consumidores sin rostro de que compren más y más, vendiéndoles la quimera de la felicidad proyectada en la pantalla, conectados a internet donde aguarda todo el sexo que no tienen o el que quisieran tener, donde están todos los amigos imaginarios que necesitan para no sentirse tan solos. Pasé todo el día aguantando el asco, con miedo de estallar, reprimiendo las pulsaciones de mi corazón, simulando tranquilidad, buena onda.

        Por fin me encuentro solo, sin la necesidad de fingir simpatía. Me sudan las manos trémulas, quiero vomitar, con ganas de sentarme en el suelo. Pongo las palmas de las manos sobre mis ojos, cubriéndome con los dedos la frente, hiperventilo, quiero gritar, picar el botón de emergencia. Pero estos cinco pisos transcurren mucho más rápido que el deslizarse de las malditas puertas mientras se cerraban a un ritmo de película de terror de los años sesenta. Vuelve a sonar el timbre. El ruido que da entrada a mi representación en la comedia escatológica. Me encuentro con la empleada de la recepción y le digo “Buenas tardes, hasta mañana”, y sonrío. A partir de mañana comenzaré a usar las escaleras.  


    

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