(Planta Alta) Capítulo 5

Por: Babieca Zavala

Las personas vuelven a sí mismas cuando creen haberse quedado solas. Vuelven por un instante. Hacen un rapidísimo balance de las interpretaciones que los demás tienen de ellos, de todas sus personalidades y la identidad adoptada en determinada circunstancia; se reconocen a través de aquellas otras vidas que, de alguna manera u otra, han afectado, para bien o para mal y, por un instante, suponen desprenderse, encontrar su versión original, sin añadiduras. Se dejan volcar en ellos mismos, en sus preocupaciones, sus alegrías o sus tristezas, sus gustos y pasiones; cuando en verdad están concentrados en la imagen multiplicada que dejaron del otro lado de la supuesta soledad (porque la soledad, ¿quién no lo sabe?, también está donde se acumulan muchos cuerpos). Nada se queda tras las puertas. En cada momento están acompañados, aún si no hay nadie a su alrededor, aun cuando no se sienten observados. Llevo bastantes años haciendo esto como para ignorarlo. Son unos ilusos. A parte de encontrarse acompañados de un desenvolvimiento social, casi a cada instante están siendo observados. Las ventanas en sus casas o departamentos suponen una abertura hacia el exterior, sin embargo, son una grieta para ver los interiores; por ellas, en vez de salir una mirada contemplativa de la ciudad o la luna y las estrellas, entra la curiosidad de los vecinos. Las paredes no resguardan los secretos, los multiplican como ecos apagados. Las paredes oyen. Los suelos no ocultan la preocupación de quien camina dando círculos, más bien revelan, en el piso inferior, la ruta de un ser intranquilo. A todos nos conocen mejor nuestros vecinos, el cartero, el camión de la basura, el tendero de la esquina, el hacker, Google, los contactos de Facebook, aquellos a quienes regularmente no prestamos atención, que nuestro analista o incluso nosotros mismos. Están ocultos, observando, prediciendo con extraña exactitud nuestro siguiente movimiento. Y cada uno de nosotros, a su vez, somos espías ocultos. La ciudad está llena de morbosos ignorantes de que los son, de ojos videocámara. La mejor manera de enfrentar la condición de objetos de estudio es dejar de ignorar tu papel tanto de ser observado como de espectador. Estar alerta. El fervor pasivo a Occidente no suprime la vigilancia de la policía del pensamiento. Ser uno de ellos. Trabajar para la corporación. Verlos sin que te noten, volverte una presencia tan común hasta el punto de ignorarla. Interpretar las acciones, leer los labios (maldita sea, ¿por qué demonios no pusieron micrófono?). Pasar informes de su comportamiento.

        Ahí están las cámaras, a la vista de todos, tan evidentes que su descaro las vuelve naturales, al punto de como si no estuvieran. Pero no pueden ignorar a las personas, a esas presencias cercanas con las que interactúan y les devuelven una imagen de sí mismos. Las cámaras son mudas y sordas, no les regresan un reflejo. Sólo yo sé lo que hacen y a mí no me conocen. En las oficinas, los pasillos, el comedor, el área para fumar, el vestíbulo, se comportan como perros alerta de estímulos externos, mueven la cola si son felices o alguien los acaricia, si les regalan un chocolate; enseñan los dientes si alguien los regaña, si se topan con su compañero de trabajo que les desagrada; ladran cuando sucede algo que desconocen, se atemorizan cuando la naturaleza hace su aparición como en los días de tormenta o en los temblores o cuando la probabilidad acierta con un meteorito sobre la tierra. Son la repetición automática del 2+2=4, cuando yo sé que la suma de las partes siempre será mayor a sus elementos, cuando yo sé que el resultado es cinco, siempre cinco. A mí no engañarán. Los estoy observando.

        Es cuando creen quedarse solos, cuando piensan que nadie los observa, donde yo aparezco.

        Con una baguete, frituras y mi jugo de naranja en mano, diario me siento a continuar con la película de la Edad de la Pantalla de Plata, silente, en blanco y negro, puesta en pausa el día anterior. No hacen falta los cartones con diálogos después de cada escena; me los imagino y así resulta mejor. A veces tienen un tono inglés flemático, a veces hablan un italiano de la Cosa Nostra, o también pueden tener un acento chilango estereotípico de los ochenta. Todo depende de la imagen proyectada, de las condiciones de mis histriones, de su capacidad de improvisación y manejo de la escena, de lo comprometidos que estén con sus papeles y qué tan desarrollado tengan al personaje. Y también de mi ánimo. Yo soy su editor, su director, su guionista, su público. Yo soy quien les da vida. Sin mí, su devenir sería el triste destino de contar las horas hasta llegar de nuevo al fin de semana, serían solamente empleados y nada más. Ni en sus sueños más profundos pueden imaginar las interpretaciones que tengo de cada uno de ellos.

        Antes creía eso de que los seres humanos somos complejos, sin embargo, poco a poco me he dado cuenta que la vida no nos deja sino ajustarnos a nuestra piel y a los paisajes diarios, y vamos dejando de soñar que podemos ser cualquier cosa. Porque la realidad nos da en el rostro y noquea nuestras aspiraciones de convertirnos en futbolistas, emperatrices, científicos locos o cineastas. Incluso, algunos fueron enseñados a soñar en convertirse precisamente en asalariados, y se creen felices por recibir un depósito cada quincena y una semana de vacaciones cada tanto; se creen complejos porque gozan de una bipolaridad tan característica de estos tiempos y pueden pasar de la depresión, puesto que el dinero nunca alcanza, a la placidez de llegar a un mismo viernes donde rebuznarán las canciones de moda, levantando un vaso de licor, bailando la danza encolerizada, repitiendo el ritual de lo ficticio. Esta vida ha matado la imaginación, le ha puesto saco y corbata y la ha mandado a estancarse en el tráfico, dejándola sucumbir de inmovilidad, y es justo lo que establecemos como real (estas ansias de ser explotados), lo que tomamos como algo natural (esta necesidad de acurrucarnos en el sistema), una completa mentira que aniquila lo importante: la imaginación. Sentado aquí en la obscuridad, mirando en los monitores un comportamiento casi repetitivo, predecible, me hizo comenzar a verlos como si fueran parte de una película, la que nunca haré (aunque parezca más bien una comedia barata de entrega semanal), mi inmenso arte efímero. Son mi pequeña fuga imaginativa y, así como yo les doy una vida insospechada, ellos me inyectan vitalidad por el simple hecho de mantenerme soñándolos.

        Cuando dejé de entregar los reportes cotidianos con su proceder natural, estaba seguro me echarían del trabajo, y no importaba demasiado, en cualquier otro lugar seguro necesitarían un encargado de la seguridad, sin embargo, atrás de mí hay otro espía que al parecer le gustó la narración que empecé a realizar de sus empleados y me dejó en el puesto, con la responsabilidad ahora de mezclar lo puntual de las imágenes con algo de fantasía. Al parecer, el jefe prefiere verlos como un personaje distante a sentirlos como personas afectadas por su mezquindad, siente menos culpa al reír de los problemas verdaderos si se le presentan como una comedia situacional en la cual es más fácil remplazar a un actor secundario a tener que despedir a un ser humano concreto. Es más fácil ver sufrir a la distancia. Llevo ya dos años proyectando este programa, muchos personajes han ido y venido, algunos son más protagónicos que otros, los sets han cambiado poco, con un minimalismo de producción y cuadros a manera de Lars Von Trier. 

        Como en todo el edificio, también en el elevador hay una cámara, expuesta, siempre ahí. Al parecer a esa también la han pasado por alto. Ella es mi favorita (a falta de dispositivos en los baños). Regularmente enseña grupos de personas como todas las demás, pero de vez en cuando los expone y muestra cosas que ninguna otra acierta a enseñar, es ella la que revoluciona, con pequeños detalles aleatorios, esta historia sin sentido. Viajan por un instante hasta el fondo de sí mismos y en segundos vuelven a surgir, regresan a la farsa. Es casi siempre un corte entre escenas donde se funde el personaje con la persona. Y a veces, es el escenario repulsivo:

Escena 19: Int. Elevador. Tarde. Tiempo aprox. 1:30 min.

Música de piano de J. S. Zamecnik.

Plano Picado. Con la puerta del ascensor en cuadro. Poca iluminación.

Se encienden las luces del elevador y entra Henríquez (47). Pica un botón y las puertas comienzan a cerrase. Se toca la axila, la huele. Lleva una mano hasta la boca y sopla para comprobar el aliento. Se saca el pantalón del culo. Extrae residuos de macilla de un diente, los vuelve a ingerir. Va cargando una flor. Está listo. 

Se vuelven a encender las luces y una sombra invade desde afuera la escena en el elevador. Henríquez estira el brazo y una mano entra para tomar la flor medio marchita. Carolina (31) da un paso al frente y lo besa en los labios. Él se aparta para dejarla entrar. Busca el cuerpo de ella y ésta lo rechaza fingiendo peinar su espesa cabellera negra en el reflejo de las paredes. Contrasta la belleza de la chica con el sobre peso de él. Se le acerca por la espalda, abraza su cintura, toca sus nalgas. Ella le quita la mano y él persiste hasta lograr darle media vuelta para besarla de nuevo. Él, desesperado, la arrincona contra una pared, luego la estrella contra otra. Es un beso grotesco. Se abren otra vez las puertas y la silueta de la empleada de la limpieza se queda parada a la entrada sin atreverse a ingresar, prefiriendo retirarse. Él se desprende de ella y regresa al panel para accionar el botón de emergencia. Se baja los pantalones. Carolina se pone en cuclillas y casi desaparece su figura de la toma. Sólo se ve su cabeza moviéndose desenfrenadamente. Las puertas continúan abiertas. El pasillo se alcanza a ver a obscuras. Él la levanta y la vuelve a girar para dejarla de espaldas a él, con las manos sobre las paredes. Sube su falda. La penetra. Ella arquea su espalda volviendo la mirada al techo. Por un instante ve directo a la cámara, le sonríe, para después volver a bajar la cabeza y continuar sus movimientos. Él parece estático. Limita su accionar a las manos posadas en las caderas de ella. Cierra los ojos. Pone un semblante descompuesto, patético. “Ahhhh” dice el cuadro de texto. Se desprenden. Él se pone los pantalones y sale del ascensor, desaparece de la escena dejándola semidesnuda. Ella se limpia con la mano y baja su falda. También sale. Sólo queda en el suelo la flor. Close up. Las puertas comienzan a cerrarse.

Fade Out.


Puedes leer las partes anteriores en las siguientes ligas:

Descensores: PA. Capítulo 1

Descensores: PA. Capítulo 2

Descensores: PA. Capítulo 3

Descensores: PA. Capítulo 4