(Planta Alta) Capítulo 1

Por: Babieca Zavala

Sin que lo parezca, está en movimiento, abriendo sus puertas a laberintos rectos que tampoco cambian mucho el uno al otro… salvo por el número que los identifica. Largos pasillos, todos iguales, cubículos llenos de relojes con gente que no cesa de darles cuerda.

       Cinco años con ella… dos rupturas… mil comienzos. Pareciera que la relación se ha estancado… o que camina dando ridículos círculos… como la materia en el escusado…. Se siente como… se siente como si lo único que cambiara fueran las fechas, los segundos que cada vez caen más pesados. La monotonía, la costumbre, la cobardía, son las fuerzas que me arrastran por este laberinto de un sólo camino, por éste paseo en la rutina diaria…

       Mis días son una historia en línea recta donde no hay saltos ni sobre saltos, que inicia al abrir los ojos, muy puntual, por la mañana, y termina cuando lo cierro en las noches. Ya no sueño cuando duermo… no al menos que yo recuerde… ya no siento cuando vivo, o no que yo lo note…

        Pero mi historia es la de muchos otros… Sara, como hoy, por ejemplo, cada día cruza en ésta cabina su rutina con la mía: No pasamos de los saludos cordiales y comentarios sobre el clima… Es un acuerdo tácito, sobrentendido entre los dos, que al subir al ascensor nuestras bocas se quedarán mudas para darle voz a nuestras interioridades… a excepción, claro, de que por el edificio circule un nuevo chisme imposible dejar de comentarse, es entonces cuando sí platicamos por tres pisos hasta que suba, también él sin falta, el licenciado Henríquez, al cubículo de su amante, una chica huraña de recursos humanos, y nos quedemos todos callados, apretados por la gordura del secretario, aguantando a lo más la respiración debido a su colonia que ha de comprar, seguro, por galones.

        Las cosas ya no son en nada como al comienzo, cuando cada una, cada gesto, eran como… como puertas que se abrían a significados nuevos, a caminos nuevos, a sugerencias de múltiples sentidos. Todo, y no exagero cuando digo todo, tenía al menos un sentido. Una mueca en sus labios era una poesía hermosa, más hermosa aún porque a veces no lograba comprenderla, pudiendo significar… pudiendo significar casi cualquier cosa: … “Sólo lo difícil es estimulante”, decía la primera línea de un libro del que olvidé casi todo menos esa frase… Creo que, ahora sí exagerando, las sorpresas duraron al menos tres años… Se acabaron al poco tiempo en que nos fuimos a vivir juntos…

        Fue una tarde de sábado… Paseábamos por el Centro envueltos entre capas de gente a nuestro alrededor con su flujo caótico de compras navideñas. Iban y venían por todas partes, cargando bultos, chocando entre ellos… arremolinándose de pronto en flujos a contracorriente para salir del torbellino y volver a encontrarse con sus acompañantes… Nuestro paso era único… Dos cuerpos caminando al mismo ritmo, dos cuerpos pareciendo uno solo, con su única visión, gustos e intereses… Sentí su mano y era ya la mía: Ninguna sorpresa en la calidez de su palma, en lo delgados de sus dedos… Me conozco lo suficiente, me amo lo suficiente como para saber que no deseo una relación conmigo: Como dice Woody Allen que dijo Marx, el Marx buena onda, Groucho: “nunca entraría en un club que admitiera como socio a un tipo como yo”. No soy buena persona, lo sé. Tal vez no sospecha éste vértigo que siento cuando las cosas, es inminente, están por cambiar, aunque no me percate de sus latidos…

        Me desespera… me desespera la rutina… ésta aparente falta de movimiento. Qué horrible debe sentir un árbol en medio de la nada y sufrir la eternidad, permanecer siempre en lo mismo. Me llena de pánico quedarme atrapado aquí por años sin notar que estos han pasado, sin darme cuenta que en verdad estaba detenido… pensando que, aunque imperceptible, la vida mantenía su propia velocidad… sus propios ritmos, acabando con todo… Pero al mismo tiempo me agobia cualquier posibilidad de cambio. Siento angustia al pensar que un día cualquiera la cadena del elevador no aguante y todo lo que ha estado contenido… toda esta suspensión en el espacio que se experimenta cuando te trasladas de un piso a otro… de un día a otro… se manifieste estrepitosamente en una caída de 135km por hora… y en sólo dos segundos la vida acabe, o cambie del todo, en sólo dos segundos… Me da miedo la noticia que me dio esta mañana cuando me dijo que estaba embarazada…

        Son las nueve y media de la mañana, quinto piso. El licenciado hoy no ha subido, tal vez esté enfermo o quizá de vacaciones. Si se hubiera peleado con su novia ya Sarita me lo hubiera dicho, pero no, también ella va pensando no sé qué cosas. ¿Por qué no subió el licenciado? En éste momento lo necesito. ¿Será su ausencia un signo, una señal de los cambios futuros, el primero de una serie infinita? Suena el timbre, se abren una vez más las puertas.

        -Nos vemos- dice. -Suerte-

        “No, no te vayas, no me dejes aquí adentro sólo. Cuéntame de tus gatos, de sus rabietas y caprichos; platícame cómo estuvo tu fin de semana, de las heridas en tus brazos y lo peligrosas que son las hojas en el cuarto de copiado. ¿Qué trajiste hoy para el desayuno? ¿Por qué me deseas suerte, algo sabes que yo no?” Grito en mi interior.

        -Bye, que tengas un buen día, Sarita- digo

       Llegando a mi piso, camino por el largo pasillo hasta mi cubículo, hago el paseo diario por éste laberinto. Hoy lo noto, todos estos años he estado buscando la salida caminando en el sentido equivocado…


Babieca Zavala

Chilango. Sube y baja en este elevador llamado vida, más bajadas que subidas, pero también las hay.