Texto e ilustración: Babieca Zavala


Ecos Opuestos

No puedo dormir. Escucho el ruido eléctrico del refrigerador que está en el pasillo. Creo oír un perro que ladra a lo lejos, no tanto como para que su insomnio sea incapaz de mezclarse con el mío de una manera sonora. Rumores de autos cruzando, quizá por Circuito Interior, suenan a olas de mar que se aleja. De vez en cuando truenan flatulencias del televisor durmiente. Imagino que por dentro no descansa: tiene sueños de infomerciales y repeticiones inconscientes de lo que fue su día, su semana, lo que lleva de mes. Si me muevo tantito, el roce de mi cuerpo con el cobertor también se logra oír con clara definición. Estos son los ruidos que me acompañan.


Estoy soñando que alguien me imagina. Y no, no es el hombre un sueño de Dios, es el hombre la pesadilla de sí mismo. Es el propio ser humano quien ha deformado a su imagen y semejanza a este mundo. Las condiciones inhumanas en que vivimos son elucubraciones nuestras, nada más; desde las más profundas necesidades hasta nuestros mayores caprichos.


No puedo dormir. Tal vez si entretengo a mi cabeza pensando tonterías me llegue el sueño. Pienso, por ejemplo, que me parece curioso que el gentilicio de los nacidos en Mérida sea meridianos(as). Ahora mismo me resulta llamativo pensar en ello, justo cuando son las 4:30 am, dado que esas líneas imaginarias sirven para medir la hora según el lugar por donde el sol anda alumbrando. Supongo que en algún lugar del mundo han de ser horas prudentes para estar despierto, pero de seguro, también, alguien está dormido en esos sitios con horas diurnas. En Italia, por decir un lugar, cualquier lugar, está cercano el mediodía y un sujeto sigue acostado sin importar el trabajo que sucede afuera. Esa persona es igual de imaginaria que las líneas con las cuales el hombre dividió la tierra.


Entre la constante sucesión de imágenes, personajes e historias que se me aparecen en el cinematógrafo de la reminiscencia inconsciente, miro a un hombre acostado en su cama, sin poder dormir. Aunque últimamente las proyecciones de la noche no han logrado sobrevivir al primer parpadeo del día, casi seguro estoy que éste sueño sí lo he de recordar. Es difícil que esta pesadilla no lo recuerde, porque me estoy soñando a través del filtro de distintos ojos y lo que casi parece ser una voz diferente, casi como un eco que, con el mismo tono, repite cosas opuestas, incluso, casi, en otra lengua.


Ese personaje que ahora duerme, sueña. No ha de recordar, cuando por fin desprenda sus párpados del sueño, qué imágenes atravesaron su cerebro. Un mal aliento matutino será el rocío en su boca. Intentará, vagamente, recordar qué le pasó mientras dormía, y un ataque de pánico invadirá de pronto su calma. Sintiéndose observado, como siempre, desdoblado, una intuición de desprendimiento en la que él es
otro sujeto al otro lado del mundo que sufre insomnio y lo mira dormir desde lo alto, se posará suave, pero pesada, dentro de él. Como si su conciencia, espíritu o alma, o como se le quiera llamar, al momento de caer dormido se hubiera desprendido de él; y ésta alma, espíritu o reflejo metafísico sea de otro, precisamente, que sea una persona en un extremo opuesto, con una materialidad en distinto meridiano, quien justo ahora está soñando que lo imagino.


Estoy soñando con alguien que tiene insomnio y desde su cama, con las luces apagadas, me imagina dormir, soñándolo a él. La pesadilla del hombre es la pesadilla de un hombre que sufre insomnio. No puede dormir porque de cierta manera está cansado, o aterrado de sus propias pesadillas, de sus propias invenciones. Se pone a pensar en cualquier cosa, para distraerse un poco. Piensa en mí, en cómo ha de ser mi vida. Se ha de imaginar, con extraña precisión, al perro perturbador de mi calma que ladra tras el pasar de un gato sigiloso, precisamente como sucedió hace horas cuando daba vueltas entre las sábanas. Intentando dormir, en esta apartada habitación de Vicenza.

Su terror crecerá al vincular sus horas de cama prolongadas justo a una incapacidad, en las vísperas, de poder conciliar el sueño a sus debidas horas. Y recordará el ruido taladrante del refrigerador, los ladridos lejanos de un perro y las olas que bañan las adormecidas costas del reposo.


Babieca Zavala

Diletante quesque escribe, ilustra y hace música.