Por: Tonny Petit.

Después de una encarnizada lucha, a la que no le faltaron gritos, empujones, rasguños, pellizcos y puñetazos, había resultado ganador de una de las últimas plazas entre los vencedores.

Exhausto, en el banquillo donde reposan los victoriosos, esquina de boxeo que se lleva los reflectores mientras el contrincante yace en el suelo, levanté la mirada hacia mi público, esperando una ovación. Lo que encontré no fueron los aplausos anhelados, sino la sonrisa socarrona del viejecillo que había contemplado mis inútiles esfuerzos por alcanzar la gloria. Aunque lo había conseguido legítimamente, el lugar entre quienes disfrutan de los galardones le pertenecía a él, que seguramente en su lozanía protagonizó más de mil batallas como la que yo acababa de ejecutar.

Con sus surcos profundo en la piel, como la corteza de un árbol milenario; con su mirada que de tanto ver ya mira borroso; con la franca y digna retirada del pigmento en sus cabellos y su sólido bastón, como la huella que deja el pasar de los días, empuñado por artríticas manos; era el justo acreedor a tal ofrenda: el asiento reservado del vagón del metro, a las 8 de la mañana, línea 1 -la rosa-, estación Pantitlán.

Ilustración B. Zavala

Tonny Petit

Cuando no se le ve en el metro, se le mira en otra parte.