Por: Nayeli Zárate


Tengo un conflicto con lxs fotógrafxs de eventos especiales (bodas, graduaciones, bautizos y semejantes), pero no por su atroz impertinencia y oscura diversión, sino porque son parte imprescindible del ajetreo organizado de la celebración. Llegan con su autoritarismo a cada mesa para inventar el “bonito recuerdo” de una noche rebuscada. Toman, arbitrariamente, la imagen de lxs invitadxs petulantes y de lxs gorrones, acomodan aquí y allá expresiones, arrebatan las gafas a lxs miopes, obligan a uno, al menos, a hincarse en el plano principal. La verbena continúa, mientras estxs magxs de la impresión veloz se las arreglan para materializar los recuerdos. La fiesta está en su punto álgido: la comida, el baile y la siempre conflictiva inauguración de la mesa de dulces (la impaciencia de señoras y niñxs llega a su fin con el banderazo de salida para obtener el postre codiciado). A la par de toda la composición festiva, lxs fotógrafxs comienzan con el más divertido de sus trucos: emparejar la imagen con su dueñx. Y no es tarea sencilla, porque hay quienes ya se fueron, quienes están ebrixs, quienes dilucidan sobre si participar o no en la clásica coreografía de Caballo Dorado (¡qué injuria es no bailarlo!, ¡que tragedia no coordinar!), y ahí anda fotógrafa, fotógrafo, con sus ayudantes, adivinando a quién le pertenece ese gesto indolente. Entregan, después de varias miradas de ojo de águila, la imagen a su propietario. Al menos dos reciben la foto: la mirada atenta sobre sí mismos. El Narciso herido se atreve a hablar: “¡pero mira qué gorda me veo!”, “debí haberme puesto el saco”, “¡salgo bien ojerosa!”, “en serio, ¿me veo tan cachetón?”. Nadie evalúa al que está a su lado antes de dos minutos de severa observación a sí mismo. Aguas turbias, las fiestas y reuniones, en las que un Narciso ornamentado se disuelve ante sí.

Nayeli Zárate