Por: Edmundo Higuera

Ya es medio día.

No quisiera salir de la cama, nunca; la calidez de las cobijas me abraza con un poderoso hechizo que me invita a quedarme aquí adentro para siempre, con los ojos, la mente y el corazón cerrados; sin preocuparme por el tiempo ni las responsabilidades o los dolores del alma. Pero mi cuerpo se asoma afuera de esta tranquilidad y, aunque mi mente sueñe con quedarse aquí eternamente, la cabeza física comienza a doler, tengo ganas de ir al baño, siento náuseas y mi propia peste me llega insoportable. Un vacío en mi estómago grita, se mueve en el interior como una fiera hambrienta.

¿Ir hasta La Bodeguita Aurrerá o dar media vuelta y seguir durmiendo? Primero mejor voy al baño, estas ganas me están ganando. Creo que despertó antes mi cuerpo y me obliga el desgraciado a despertar también. Debería ir a La Bodeguita Aurrera para comprarme una Maruchan de carne de res. Cómo quisiera poder ir acá a la esquina con Don Chava, pero no es posible porque el Don ya no me fía nada desde que me vio chingándole unos Gansitos Marinela y no tengo ya ni veinte pesos. Qué mal pedo, por unos Gansitos me dejó de hablar como antes; fue mi culpa, por sentirme malo, culero. Me caía bien el Don, me cae bien; desde que era niño ha despachado su tiendita y a veces hasta me regalaba paletas de sandía. Si al menos hubiera un Oxxo cercano. Maldita sea, esta colonia ni Oxxos tiene, a esos sí les robaría sin culpa. Bueno, quién sabe, dice Victor que no es la cadena la que paga las pérdidas de los robos sino los empleados, quienes, a parte de estar esclavizados a la tienda, cargan con el peso de una corporación tan grande y tan culera. Supongo que sabe lo que dice, trabajó ahí un año en el turno de madrugada y siempre se veía bien cansado.

Ni pedo, caminaré esas cinco, o seis, o siete largas calles que me separan de La Bodeguita, para pagar con mis últimos quinientos pesos que me quedan en la tarjeta, además, puedo sacar lo que me sobre. Ya me ando saboreando esa  Maruchan, va estar deliciosa. Tiene sus duros detractores, lo sé; incluso yo mismo no me comería una en otras condiciones. Prefiero la de res, la de camarón me parece muy falsa, con esas mini cositas secas y feas que parecen todo menos camarones. La de pollo es insípida, aunque un domingo que no conseguí de res descubrí, tras una concienzuda lectura, que su versión de pollo contiene prácticamente los mismos ingredientes que la otra, salvo grasa de pollo y pollo cocido en polvo. Sí me sorprendió, la verdad. Tal vez exagero, porque precisamente la falsedad es parte del goce estético de las sopas instantáneas; es como beber un jugo de naranja que sabe a naranja, el color, no la fruta, y sabe bien rico. Los colores saben bien, como el raspado de rojo o las gelatinas de morado. Con esta vida miserable, comer carne, aunque sea falsa, es un lujo que me puedo dar de vez en cuando. Ya, a la chingada, vamos pa’fuera.

Ingredientes: Harina de trigo, aceite vegetal, sal, grasa de pollo, glutamato mono sódico, azúcar, almidón de maíz, pollo cocido en polvo, extracto de levadura, proteína hidrolizada, salsa de soja, vegetales deshidratados, carbonato de potasio.

En tres sencillos pasos cumpliré la primera parte de la misión (veni vidi vici): Llego, tomo la sopa y me formo. La fila es corta, afortunadamente, nunca me he sentido cómodo en ellas. Debería ir también por un Gatorade para que le haga paro a la Maruchan en esta batalla sin cuartel contra la cruda. Ni modo, no tenía tan bien diseñado el plan como creí. Ya de paso, debería pedirle a la cajera unas Cafiaspirinas o un Alka-Seltzer Boost, pues las medicinas se resguardan celosamente tras el mostrador. Están muy fríos los Gatorades y en los pasillos no hay al tiempo. Es un febrero extraño; los climas extremos se han intercalado día a día, también como en un enfrentamiento; cuando no hace un sol insoportable, hace un aire helado. Hoy es un domingo triste y muy frío. Me duelen los huesos. 35 años ya no es una edad para estar bebiendo tanto, como si todavía tuviera 25, o menos, incluso. Mejor, con el dinero que retire de la caja, de regreso hago una parada técnica en la farmacia y compro un suerito Electrolit.

Demonios, mejor hubiera sido nada más comprar la Maruchan; la fila no ha avanzado nada, ahí sigue el viejito que estaba frente a mí, y en vez de ocupar el puesto privilegiado que tenía antes, el segundo en la línea, me toca el séptimo. ¿En qué momento entró tanta gente? Ni cuenta me di, no siento haberme tardado tanto en descartar el Gatorade frío. Parece que hay algún problema en la caja, su operador (como siempre asumo roles de género de antemano; es cajero, no cajera), no hace nada, no marca precios o escanea códigos. Desde este lejano puesto en la fila no logro ver bien qué pasa.

Atrás de mí ya se han sumado varios cuerpos más. Ahora sería yo el que con gusto y una sonrisa alitósica de cruda mortal estaría pagando. Avanzamos unos cuántos centímetro, que por la ya cada vez menos popular “sana distancia” (hágase para allá, señora), no parece ser mucho para alcanzar la meta, el punto de liberación de esta fila tormentosa. Las sienes me punzan cada vez más fuerte, necesito ese sacrosanto alimento pronto y, sobre todo, esas pastillas antes de que el dolor sea más difícil de controlar. Hay una calma extraña, sin  movimiento que la perturbe, pero debería perturbarla, deberíamos seguir avanzando. ¿Qué demonios hacen que no avanzan?

 He de llevar aquí formado ya unos 25 minutos, mínimo. Odio las filas, no las entiendo. Como aquella vez que para entrar al cine la gente se agolpó para formarse, aunque los boletos ya estuvieran numerados y el asiento asignado; daba igual entrar antes o después, tu lugar estaría ahí, sin que nadie lo hubiera ganado. Filas de autos formados. Filas de horas esperando su turno. No entiendo la prisa por formarse, en las escuelas, los aeropuertos. Hay lugares donde claro, es indispensable la fila, como en las tortillas o las combis, donde el que se apendeja pierde, y acá nadie quiere perder. Tal vez aplique lo mismo para lugares donde no es necesario formarse. Mucha simulación de orden donde no hace falta. Estamos condicionados por un pensamiento casi militar que nos enseñan desde pequeños. Qué mal. Tal vez algún día seremos como las hormigas y andaremos casi siempre en filas y un día terminaremos siendo una línea que se sigue a sí misma, en una fila que comienza donde termina, caminando en círculos, caminando en fila sin sentido hasta morir cansados.  

  Ya, por amor de Dios, ya quiero salir de aquí y disfrutar mi Maruchan con Electrolit lima-limón. Filas de cocaína. ¡Las papas, olvidé las papas! Curarse una cruda no es lo mismo sin unas papas de soporte. Pero no puedo dejar de nuevo mi lugar en esta maldita y horrorosa fila interminable. Hay cuatro personas delante de mí y otros, no sé cuántos, creo que seis, del otro lado. Quizá si les pido paro a mis vecinos me aparten el lugar en lo que voy rápido por unos Doritos Nachos o unos Ruffles de queso. Filas de palabras que medio se unen buscando tener sentido. El tipo de enfrente no es opción, lo mejor sería pedirle el favor a la señora de atrás, ella serviría como contención de los posibles reclamos de quienes están más rezagados que ella. Si ella lo aprueba, seguro será más sencillo que los otros también lo hagan, o al menos que lo toleren sin mentarme la madre. Yo lo haría; si alguien, nada más porque sí, sin avisar y tener un guardián de la posición dejara esta representación, le reclamaría su abandono espontáneo para después querer volver como si nada, faltándole al respeto a quienes continuamos en esta batalla contra la hilera que no avanza. Bien, la chica de la tercera posición ha abandonado su Pan Bimbo y su paquete de jamón Food, una desertora. Desfile, desfiladero. Le digo cobarde, pero la verdad la admiro. Si no tuviera esta maldita cruda, esta migraña que no ha disminuido y estas ganas inmensas de mi Maruchan; si tuviera dinero para comprarla en cualquier otro lado, yo también ya me hubiera ido. La cobardía es mía. Enfréntate a las consecuencias de tu fin de semana, estoico. Filas de ganado hacia el matadero. Maruchan de res. Apúrense, chingada madre.

Sin la chica que se acaba de ir, estoy únicamente a tres peldaños de la escalera al cielo, sólo detrás de quien va a pagar, del tipo de enfrente, y luego yo, por fin, benditos todos los dioses y los ángeles y los santos y ustedes hermanos que intercedieron por mí. Filas en la escalera eléctrica hacia el paraíso. Voy a armarme de valor, total, ¿qué podría pasar? Hay dos alternativas, que me diga que no, cosa que no creo, sería muy hija de la chingada si me dijera que no, esas cosas no se hacen a menos que seas una rata miserable; o que me diga que sí, lo más seguro. A parte, para el ritmo que trae la fila, lo más probable es que vaya y venga y ésta no se haya movido ni un centímetro.

-Claro que sí, joven, no se preocupe.

Ahora me da pena haber querido desterrarla del planeta cuando invadió mi espacio personal sanadistancioso, es muy amable esta mujer, al menos me dijo “joven”, adjetivo que escucho cada vez menos, muy de vez en cuando. Pero no es momento para deprimirme por la edad y la vida que se escapa y no vuelve. ¿Cuánto dura el ahora, cuánto tiempo es el presente? Piensa rápido, Doritos o Ruffles… o los dos. Los dos, qué más da, con los quinientos me alcanza y sobra, todavía. Espero. ¿Qué tal que yo bien confiado creo que traigo de menos quinientos y al pagar descubro que no traigo nada, que todo me lo bebí anoche y ya no me acuerdo de nada? Vaya papelón que haría si algo así sucediera. Me iría cabizbajo, entre risas estruendosas, señalado por los atrás formantes, sin nada de mercancía y con mucho tiempo perdido. Fila india para darme en la madre. Por favor, por favor, que eso no suceda.

“Cuánto dura el ahora, cuánto tiempo era el presente”. Lo leí hace poco en una novela de Mariana Enriquez. Tal vez más tarde continúe su lectura, es rico leer crudo, una vez que la migraña haya pasado. Éste presente, sin embargo, ya es eterno. Fui y volví con mis papas y seguimos sin avanzar. Es raro que sus rostros no se vean desesperados. Parecen, más bien, resignados, un charco, quieto y pútrido de resignación. Me pregunto cómo se verá mi semblante. A lo mejor la señora fue tan amable porque me ve al borde del delirio. Creo que lo he disimulado muy bien. Tal vez fue buena onda porque mi fachada es tan perfecta que cree que soy una persona apacible. Yo creo que me veo como el Cristo Yacente, todo roto. Ando muy religioso hoy, quién sabe por qué.

-Hace frío, ¿verdad, joven?

¿Así que ese va a ser el cobro por guardarme el lugar, eh, señora? Está bien, lo pago, nada es gratis en esta vida. A lo mejor está muy sola y necesita platicar. O puede ser una de esas personas a las que las conversaciones se les desenvuelven de la lengua como si nada. Puede que hasta terminemos platicando de algo genial. Pero, empezar por el clima, eso no es genial. Desde ahí arrancamos mal. A lo mejor me vio descartar el Gatorade helado y se dio cuenta que tengo mucho frio. O tal vez sí me vea muy roto y el temblor de manos que trato de ocultar sea muy visible y asuma que tirito de frío. Continuaré la farsa, platiquemos del clima, por qué no. Es un tema trivial, quizá, porque ahí está, perceptible para todos, pero debería importarnos, qué sé yo. Es evidente que hace frío, más aquí adentro de la tienda, pero no es nada normal que ayer hiciera tanto calor, aunque también hizo frío y llovió muchísimo, todo en un mismo día; no debería ser normal que el cielo se vea tan gris, que ya casi nunca lo veamos. Más bien deberíamos hablar más del clima, ponerlo en el centro de la discusión pública.  

-Sí joven, uno ya nunca sabe si salir sólo con suéter, así como usted ahorita (¿no tiene frío?) o con chamarra y paraguas. Ya nada más falta que tengamos que comprarnos botas para la nieve.

Me agrada que piense en botas para la nieve, su imaginación o deseo la llevó hasta allá, me parece lindo. Aunque, lo más seguro es que, como la mayoría de nosotros, no la ha visto ni sentido nunca. Por acá, en lo que va de historia registrada, no hay indicios de la caída de copos nevados. No tengo que ser tan prejuicioso, a lo mejor la señora en algún momento de su vida fue, también como muchos de nosotros, migrante, no sé, en Wisconsin, y ahí conoció, gozó y sufrió las tormentas del polo norte. No porque yo no la conozca tengo que asumir de antemano que ella tampoco.

-No, no la conozco, ¿usted sí? Me encantaría conocerla. Una vez fui al Nevado de Toluca, pero no pudimos subir. Hace muchos años, como 15, una vez granizó tanto que parecía que había caído nieve y todos salimos a jugar a aventarnos bolas de hielo, que dolían un montón.

Con cada frase, esta señora se me acerca más y más; ya está otra vez a medio centímetro de mí, invadiendo mi sana distancia y mi espacio personal. Desde hace rato andaba bien pegada, como si estar juntos la acercara realmente más al final de la fila. La Maldita Fila que no avanza. Fingiré que tengo tos, a ver si eso la aparta un poco.

Por fin, a una sola persona de que sea mi turno. Tranquilo, tranquilo, esos quinientos pesos van a seguir ahí, no te preocupes, no vas a hacer el ridículo del mes, el de tu vida ya sabes cuál es, aquella vez que… pero no lo recuerdes, no te pongas más nervioso. Tranquilo, ya casi llegas. 

-¿Algo más con lo que le pueda ayudar?

-Sí, una recarga de 100 y quiero retirar mil pesos.

-¿Va a pagar con tarjeta?

-Sí.

-Lo siento, no puede pagar las recargas con tarjeta, sólo efectivo.

A huevo maldito, te vas a tardar mil horas en lo que recargas y retiras y compras y metes tus mercancías a la bolsa y respiras y te largas y te mueres.

-Bueno, cóbrame esto; retiro los mil y con lo que retire me das una recarga de 100.

Resultó listillo el sujeto. Se va a tardar una eternidad en hacer todas sus operaciones. Mejor detengo esta tos falsa, ya me está queriendo dar de verdad y la gente me empieza a mirar extraño, aunque traiga cubrebocas y espete en el antebrazo.

-No le puedo dar los mil pesos, acabo de hacer corte de caja y sólo tengo para darle quinientos.

-Está bien con quinientos, gracias.

Alarma, si este cabrón se lleva el dinero que hay en la caja para poder retirar en efectivo quiere decir que ya no voy a poder sacar yo, lo cual quiere decir que ya no voy a poder pasar a la farmacia por el suero, lo cual quiere decir que ya no voy a tener qué beber durante el día; entonces sufriré de sed y ansiedad y tal vez muera. Me hubiera traído el Gatorade. Ya no puedo pedirle a mi vecina de botas para la nieve que me vuelva a guardar el lugar para ir en chinga por él, o por un galón de agua y no morir de sed. Lo que traigo en las manos será lo único que pueda comprar. Las Aspirinas y el Alka Seltzer, no debo olvidar pedírselas al cajero. En casa ya no queda agua en el garrafón, ¿con qué me voy a tomar el Alka Seltzer? ¿Y si me formo de nuevo y traigo todo lo que necesito?

Edmundo Higuera

La última vez que se le vio fue formado en una fila, con cronómetro en mano. Llevaba pantalón de mezclilla y camisa a cuadros. Señas particulares: cicatrices de viruela en las mejillas. Si sabe algo de él, escríbanos.