Por: Arcadio Lambhorginni


Llego al metro Constitución, corriendo. Le grito al camión que se va arrancado “suben”. Voy tarde a mi clase de periodismo que empieza a las  diez de la mañana, son las 9:35 a.m. ¡El camión tan sólo tarda 15 minutos en cruzar el periférico! Digo todas las groserías que se me ocurren en mi mente. El transporte dice: «UACM, Av. del Árbol, M. Olivos».

Nos adentramos a la colonia Presidentes de México, y tomamos la Av. Benito Juárez. El ajetreo comienza al interior del camión, las cabelleras húmedas de las chicas sueltan ese olor a shampoo que a veces me calman la ansiedad.

Los vendedores no dejan de subirse unos tras otros: se suben de dos en dos. Se suben a vender chocolates, chicles, pastillas Halls… Los chicos casi siempre traen sus brazos y pectorales morenos descubiertos, las camisetas sin mangas tienen dibujos de equipos de basket de los 90, usan las gorras con la etiqueta de empaque pegada a éstas. Se depilan las cejas. Pereciera que es una pasarela donde se exhiben tatuajes, escapularios con la imagen de la Virgen de Guadalupe o de San Judas Tadeo. Los más jóvenes traen collares de chaquirón, de esos que usan los santeros. Casi todos traen a la Santa Muerte incrustada en el pecho.

El camión da vuelta por la calle Gustavo Díaz Ordaz. Las casas en su mayoría, a medio construir, son de tabiques grises con infinidad de varillas oxidadas que les salen por el techo. Entre cachivaches en desuso; columpios oxidados,  muñecas viejas sin ojos, y flores plantadas en latas enormes de chiles Herdez, en Iztapalapa el uso del amuleto siempre lo encuentras en cualquier rincón; las flores en las entradas de las casas con su listón rojo amarrado; el pápalo, el cilantro y los claveles rojos en los puestos de tacos; las cruces hechas de palma y pintadas con gis junto al romero, la albahaca, la ruda y la sábila en los negocios. Pareciera que los amuletos entre las calles de  la colonia Presidentes de México, son más que imprescindibles.

Cuando salgo tarde de la universidad he visto a los camiones en su fase nocturna, por ejemplo, en el que voy ahora: enciende su equipo de luces: los estrobos, los tubos de luz neón que encuadran el dibujo en aerosol de un trasero de una mujer en biquini fluorescente en la parte superior del parabrisas. La hora del reggaetón empieza después de las siete de la tarde, que es cuando los cantantes ambulantes han dejado de laborar, y los choferes se vuelven a apropiar de la música de su camión.

Las chicas también traen amuletos, pero más discretos que los chicos, éstas usan pulseras de chaquirón con una imagen de San Judas. A casi todas las chavas menores de 25 años se les dibuja una pequeña barriga, como la que a algunas chicas les queda después del embarazo. Suben acompañadas de  niños menores de 5 años, la mayoría solas.

Entramos en la colonia Consejo Agrarista Mexicano, por la calle Arroyo Frío. La colonia no es muy diferente a la anterior. Hasta ahora me doy cuenta de que a la gente de esta parte de Iztapalapa les gustan las letras, casi en cualquier dirección que voltees, puedes leer un letrero en la pared: en los postes de luz, en las casas, en las banquetas. Letras por todos lados, incluso los camiones están llenos de éstas: “prohibido robar”,  “si te molesto tócame el pito”. Y en los postes de luz: “se hacen trabajos de plomería”, “se renta cuarto sin niños”, “se hacen amarres”.  Y los nombres de los negocios: “Tacos de Buche Dubai”,  “Uñas Hermelinda Linda”,  “Carnes frías Dalai Lomo”, “Pollisticería Mi Pollazo”. Y en las paredes: “viva el F.P.F.V.”,  “la patria se defiende”, “tierra para todos”  “¿Estás embarazada? No estás sola. Clínica especializada”,  “¿ira, depresión, alcoholismo?”

El letrero que más me gusta, es uno que posiblemente haya puesto la delegación, está en una pared con letras rosas: es un corazón enorme con rayitas alrededor que indican señal de WiFi.  Y dice: I (figura de corazón con WiFi ) y abajo dice Iztapalapa. Sentí mucho no tener una cámara fotográfica a la mano para hacerme un retrato ahí.

Cuando llegué a la universidad, me extrañó algo: habían puesto un moño negro enorme: de luto. Después me enteré que habían asesinado a tres compañeros del plantel, y pensé: tal vez no sea mala idea conseguir un amuleto. A mi universidad también le gustan los letreros, (está dentro de la colonia Consejo de Agraristas Mexicanos), y a la entrada hay uno que dice: ¿Qué esperas?

Me inscribí esa misma tarde al taller de fotografía.


Arcadio Lambhorginni

Estudió creación Literaria en la UACM, es adicto al té verde y a los vídeos de ballenas que mira por las noches.