William Turner feat. Babieca Zavala, «La combi de esclavos«

Cuando regresé de nuevo al camino de todas las mañanas, después de la pequeña digresión sobre lo mal jugador de póker que de seguro fue John Montagu, IV Conde de Sandwich, los sacos de patatas, la segunda guerra mundial y el santo imbécil al que se le ocurrió cortarle la corteza al pan de caja, lo hice con un poco de miedo, porque, a veces sucede, no reconozco del todo por dónde voy, y me pregunto si no me habré bajado en una estación equivocada, o de plano, como ya muchas veces me ha sucedido, tomé el camino en dirección opuesta; Observatorio cuando yo iba a Pantitlán. Y entonces me pongo a pensar en cuervos de Poe y langostas de Nerval; en el paseo final emprendido por las palabras de Baudelaire.

Sólo por andar un poco más lento a los demás, parecía ir en sentido contrario, incluso, de las agujas del reloj, a contra flujo de quienes caminaban con una prisa que se ha instalado muy pero muy adentro de su ser, una prisa personalidad, rictus, octatlónica. Me empujan, carraspean desesperados a mi espalda para que les permita pasar, me miran con curiosidad y desprecio.

Saliendo del Metro, caminé hasta la letra efe del paradero de autobuses, donde cientos de camiones y combis hacen fila cual terminal aeroportuaria, usando cada una de las letras del alfabeto para diferenciar las rutas que han de atravesar la ciudad como hojas metálicas de cuchillos mecánicos oxidados.

Quisiera tomar un camión (y no esta desvencijada combi) sin saber cuál es su destino y sólo dejar que las cosas sucedan detrás de la ventanilla, a un ritmo completamente diferente (ser esa mosca que vuela dentro de un automóvil), y que el viaje fuera muy largo, a través de inagotables carreteras, para tener tiempo de contemplar los paisajes, las cosas que suceden dentro del autobús, escuchar música, leer aquel libro que llevo paseando semanas enteras en la mochila y no he podido hojear siquiera desde hace un buen tiempo, ya sea porque los viajes en la ciudad, o son tan cortos que me impiden concentrarme (y lo que hago es releer los párrafos anteriores, para refrescar la memoria, a donde un aletargado separador indica el último avance, y, ahora así, retomar la lectura en el punto que la había dejado, en un ciclo infinito de la misma lectura una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez) o son un infierno hacinado lleno de hervores, hedores y vahos, donde la lucha por sobrevivir es más encarnizada que en los documentales de National Geographic.

Soy ese árbol que miro desde la combi, flaco, gris y seco en medio de la ciudad; sufriendo el síndrome del miembro fantasma, sintiendo todavía en mis escuálidas ramas el dolor de cuando fueron cercenadas para no obstruir las paralelas infinitas de los cables de luz que se pierden en la curva del horizonte.

Quisiera ser ese árbol solitario, verde y frondoso, rodeado por un campo de trigo, que habita en medio de la carretera imaginaria con la que divago. En mi imaginario, construido por un montón de prefiguraciones trilladas, el árbol que contemplo es similar al que obsesionaría a Van Gogh en el Hospital Psiquiátrico de Saint-Rémy, al cual ingresó de manera voluntaria para una corta estancia y se quedaría por todo un año, aislado, despojado, dicen, de sus deseos. Supongo que para el pintor, el internarse en Saint-Rémy fue como el subirse a un camión sin destino y olvidarse de lo que se queda del otro lado. De alguna manera, voy a dejar que mi cuerpo se vaya a bordo de esta combi rechinante, mientras mi conciencia o mi espíritu, no sé cómo explicarlo, permanece ahí, reposando, en medio de ese trigal de pinceladas superpuestas, donde el viento teje las espigas. La gran ventaja de ese sitio es la de no tener que encontrar en qué ocupar el día[1].

Y mientras me desdoblo, aquí y allá simultáneamente, descubro que ya no hay respeto por nada. ¿A dónde irá a parar una sociedad a la que se le han derrumbado incluso sus formas simbólicas más elementales? Por todos sus usuarios cotidianos, es bien sabido que al momento de subir a una combi uno debe decir “buenos días”, o “buenas tardes; tardes ya, ¿verdad?” o “buenas noches”; no como una especie de saludo genérico, sino que, a través de esa oración, la persona que ingresa al vehículo le hace saber a los demás pasajeros que no representa una amenaza y, en pocas palabras, no pretende robarles. Esa forma básica de sociabilidad se vio transgredida cuando, en la combi en la que me encontraba, un par de jóvenes, al subir (cada uno en distinta esquina) enunciaron el saludo correspondiente a la hora del día en que ocurrió el suceso, en este caso “días”. Unos metros más adelante todas las estructuras se vinieron abajo cuando uno de ellos sacó una pistola, de la cual nadie quiso comprobar su autenticidad, y el otro cambió la entonación de su voz, que pasó de la monotonía a la franca amenaza. No pueden los asaltantes ir por ahí repartiendo saludos y cordialidades para después decir: “Chingó a su madre, mi gente, ya se la saben: calladitos y sin hacer desmadre, sino aquí me los quiebro. Carteras y celulares”. Por si fuera poco, uno de ellos iba con ropa que bien podría ser definida como elegante, sin ese aire kitsch de quienes, por estos rumbos de la megalópolis, intentan vestirse de manera distinguida y sólo dejan ver un plagio pretencioso y vulgar de muy baja calidad.

Cuando el arribo pirata llegó al barco con cuchillo en los labios invisible tras el cubrebocas; distraído, pensaba en caricias suaves de hojas de trigo. Un reflejo instantáneo llevó mis manos-ramas al bolsillo; entregué el botín sin oponer resistencia. Además de mi teléfono celular, una cadena aureolada por la protección de San Benito, colgada al cuello de una anciana; la cartera del joven estudiante y la bolsa de la mujer sentada a su lado, fueron suficientes para calmar la ambición de los asaltantes. Se perdieron en el inconmensurable mar de topes y baches y fachadas grises, donde los taxistas parecen pescadores navegando a la deriva en busca de la mejor ubicación para atrapar a su presa. Pronto, como si no hubiera pasado absolutamente nada excepcional, como si nuestra deriva no hubiera sido violentamente sitiada y embestida, se reanudó el curso de la destartalada nave, similar a la de William Turner, pues transportaba a puro esclavo desechable de éste capitalismo salvaje, que sin piedad ni remordimiento somos arrojados al mar, y ráscate con tus propias uñas, sálvense quien pueda, niños, mujeres y ancianos al último.

Ya no sé si es triste o lamentable la familiaridad de los asaltos, la normalidad con que se reciben, “no traigo teléfono, carnal, me lo robaron hace poco”; el cinismo con el que se ejecutan, “toma tu chingadera, esa madre ya ni ha de servir”; y la resignación con la que se superan, ingenuamente pensé que intercambiaríamos opiniones, comentarios, que lanzaríamos juntos improperios contra los hijos de su reputa madre que acababan de robarnos, pero no, seguimos nuestro camino en silencio, con miradas bajas y algunos cabeceos adormilados, una forma distinta de escabullirse de la realidad, supongo. Entre nosotros no volvimos a cruza palabra hasta que llegó el momento de pasar el costo del pasaje al conductor, porque, robados y todo, tuvimos que pagar “no guardes todo lo de valor en un solo bolsillo, por si te asaltan tengas alternativas”, “si puedas lleva un teléfono desechable para entregar ese cuando te roben”. ¿Si le pasas uno, por favor? Subí en el metro, bajo pasando la avenida.

Sin darme cuenta, como en un salto cinematográfico, en una gran elipsis, mi patético devaneo terminó de pronto frente al monitor, al tiempo que tecleo la contraseña corporativa con la cual accedo diario al sistema. Maldito Covid, el sí vagabundea (un verdadero flâneur, no como yo y mis patéticos escapes ilusorios) por los cubículos, por nuestra inestabilidad emocional y perpetua paranoia. Cuando se aburre de un portador, cambia de cuerpo; paseando de lado a otro, una tos sospechosa, uno que otro moquito suspicaz, contemplando la cotidianidad de cada estación de trabajo, jugando con el desvelo o la resaca de cada uno. En al algún momento, que no percibí por estar distraído, le abrieron la ventana a la mosca, talaron el árbol, me echaron por la borda.


[1] Diría el pintor de su estancia en el hospital para enfermos mentales de Saint-Rémy: “El gran problema aquí es encontrar ocupación durante todo el día” 

Texto: Babieca Zavala



Babieca Zavala

Famulario, diletante, latinoamericanista.