Por: Mónica Jade

Fotografía: Graciela Iturbide

Ciudad de México, octubre de 1966. Mary, tiene 12 años. Su mamá la despierta con una brusca sacudida de hombro y le dice que hay que ir a trabajar. Se talla los ojos que apenas puede abrir, y repite el gesto de su mamá sacudiendo los hombros de sus dos hermanos menores que duermen en la misma cama. ¡Hay que ir a trabajar!

La mamá les acerca leche y elotes cocidos al vapor. – Con eso aguantan hasta que regresen–, les dice con voz golpeada. Los niños comen, se mojan la cara, y se ponen su ropas, rotas y percudidas, sus tenis gastados y sucios. Le avientan unas tortillas a Saturno, el perro. Mary se sienta en la cama para ponerse sus zapatos y se da cuenta de que le aprietan los pies, de lo viejos que son. Si tan solo pudiera decirle a su mamá el deseo tan grande que tiene de un par de zapatos nuevos. Pero sabe que con tocar el tema va a ser tratada de ingrata, porque ya tiene un par.

La abuela, de trenzas canosas y que apenas puede ver, entra en la sombría choza con una cubeta de flores naranjas, llenando todo de un rico aroma. – Ya están vendiendo cempasúchil, hay una camioneta allá afuera, –dice con cierto aire alegre. Deja la cubeta al lado de los botes de nuez, que los niños venden entre semana saliendo de la escuela.

Los tres niños salen de casa con cubetas y costales vacíos. Caminan por calles encharcadas, lodosas y frías acompañados por Saturno. Mary observa el paisaje gris de siempre, poco inspirador, de casas de lámina, con ventanas cubiertas por hules y plásticos embonados en las fisuras de techos y paredes para que no se meta el agua. Por ahí ve el vapor salir de las ollas de tamales y atole que venden en la esquina. Continúan hasta salir del barrio. Caminan entre fábricas, tráilers, tiraderos de llantas y deshuesaderos de coches. Los pequeños van jugando a pegarse con los costales mientras Mary va vigilante, no le gustan las miradas de los hombres alrededor.

A unos kilómetros de casa, se encuentra el trabajo, un extenso basurero donde los niños recolectan todo lo que pueda revenderse: vidrio, plástico, madera, aluminio, cables, ropa vieja, juguetes, y hasta huesos, sí, porque con ellos fabrican los botones de la ropa nueva. Desde hace tiempo el papá les había enseñado las zonas donde tiran la basura más reciente porque está difícil buscar entre restos de hace años, además es peligroso porque esas montañas a menudo se derrumban y los niños podrían quedar ahí sepultados entre la basura. Mary siente asco por la multitud de moscas y la peste que sale de los restos de la ciudad. El camión que deja la basura esa mañana ya está entrando, a lo lejos se ven más personas que ya llevan un rato llenando sus costales. Se acercan todos a donde el camión va a vaciarse.

Mary se acerca, no demasiado, y vigila que los niños estén listos porque las otras personas podrían ganarles lo más valioso. Caen cajas de cartón, bolsas, huacales con fruta podrida, vidrios rotos. Infinidad de cosas. El camión se va y pueden acercarse aún más. Una bolsa llama la atención de Mary, es roja, parece de terciopelo. Es tan bonita que se lanza a recogerla. Pesa un poco y está bien amarrada pero no puede aguantarse la curiosidad de lo que hay adentro, se siente muy sólido. Abre la bolsa y encuentra unos pequeños zapatos negros, puntiagudos, de madera tallada con detalles de piel. Le parecen muy raros, pero al mismo tiempo muy elegantes. Nunca había visto unos zapatos así ni en sus amigas de la escuela, las que tienen lana, ellas siempre usan charol.

Mary esconde rápidamente la bolsa, y sigue recolectando botellas de refresco, papel, cartón. Los hermanos están por allá haciendo lo mismo. Pasan un par de horas escogiendo, rebuscando, levantando la basura y removiendo las moscas. Cuando el sol comienza a hacerse insoportable regresan a casa. Mary tiene prisa de llegar a medirse los zapatos. Ya en la casa, sólo está la abuela que se acomoda las trenzas sentada a la sombra. Mary entra emocionada y se sienta en la cama a admirar los zapatos, tienen signos tallados en la madera que ella no entiende y unos cordones muy extraños, como trenzas de unos hilos muy finos parecidos al cabello. Siente que la hipnotizan, parecen de otra época, pero fueron tirados a la basura esta mañana. Se los mide procurando que nadie la vea. Le quedan muy bien, por fin siente en sus pies la comodidad de unos zapatos de su talla. Se los quita y los pone debajo de la cama. Seguramente llegará el momento de decirle a su mamá con alegría que ya no hay que comprarle unos.

Esa tarde cuando llega el papá de trabajar, los niños y él seleccionan la basura recolectada mientras la mamá, la abuela y Mary ponen la ofrenda. Extienden un petate de palma que cubren con los pétalos de las cempasúchil, y encima ponen montoncitos de tejocotes, naranjas, cañas. Ponen veladoras, pan de muerto, un vaso con agua, un plato con sal, y un poco de tequila. La foto del tío Lalo está al fondo, al lado de la virgencita. Él murió hace unos años y su cuerpo fue velado envuelto en una sábana en ese mismo petate. El olor de esta temporada es profundo e inconfundible. La energía se siente bien pesada y todos traen la muerte en el pensamiento. Salvo los niños que apenas empiezan a entender lo que es la vida.

Imagen: Museo mexicano del internet

Llega la hora de dormir. Los papás en una cama, y la abuela en colchonetas en el piso porque prefiere dejar la cama para los niños. Entrada la noche, Mary escucha el ruido de algo que rasca la puerta y piensa que es Saturno que quiere entrar. Cuando era cachorro lo hacía todo el tiempo y chillaba, pero lo educaron para quedarse afuera. Se le hizo raro que después de tanto tiempo volviera a rascar. Pensó que se le pasaría en un rato e intentó seguir durmiendo. Unos minutos después se volvió a escuchar lo mismo, pero más fuerte. Al inicio fue en la puerta, pero ahora parecía que el ruido venía del techo. Mary pensó que en lugar de Saturno podían ser gatos. Pero el ruido comenzó a envolver toda la casa como si algo diera la vuelta rasgando las paredes, rechinando en las láminas.

– ¡Abuela!… ¿estás despierta? – Dijo Mary susurrando

– ¿Qué quieres muchacha? – Respondió la abuela con un susurro fuerte.

 – ¿Oíste el ruido? – Dijo Mary asustada

– ¿Cuál ruido? ¡ya duérmete y deja de estar hablando! – Dijo la abuela con un cierto aire de ansiedad en su voz. Ella sabía que en estos días pueden oírse muchas cosas.

Mary sintió alivio pensando que la abuela estaba despierta e intentó volver a dormir. Un rato después, la despertó un susurro más fuerte:

– ¡Mary!

–¿Qué pasó? – Respondió Mary.

No hubo respuesta. La abuela dormía. El ruido de las garras en la puerta se escuchó de nuevo. Pero esta vez algo pudo entrar. Entre la luz tenue y cambiante de las veladoras, Mary pudo ver la sombra de alguien que se acercaba a la cama. Sintió cómo su cabello y su piel se erizaron, su cuerpo entero se tensó y sintió la nuca helada. La sombra empezó a jalarle las cobijas poco a poco, y lo único que Mary pudo hacer fue morderlas y cerrar los ojos. No era Saturno, no era la abuela. En un instante dentro de esa confusión los zapatos negros vinieron a su mente y en medio de un sentimiento de horror gritó – ¡Llévatelos, llévatelos… son tuyos!

Aquello dejó de jalar las cobijas. Cuando Mary tuvo el valor de abrir los ojos vio la sombra de una mujer vestida de negro parada junto a su cama mirándola fijamente con una sonrisa que le anunciaba iniciación. La mujer, con cabello largo y liso, parecido al de la cola de los caballos, volvió su mirada hacia la ofrenda, luego se fue por la entrada de la casa.

Fotograma: La Llorona, Ramón Peón (1933)

Mary estaba muda de miedo. Sentía el corazón en la cabeza. Pegó su espalda y sus pies al cuerpo de un hermano. Sentir el calor humano la ayudó a conciliar el sueño.

En la mañana, la mamá la despertó para ir a la escuela. Esta vez no tardó en salir de la cama, tomó los zapatos negros y salió de la casa, corrió y corrió. Tenía la mirada de la mujer clavada en el pensamiento y aún sentía el rechinar de las paredes en sus oídos. A lo lejos se oía la campana de la basura. El camión pasa todos los lunes a las 7. Mary le grita al señor que pare… y avienta los zapatos hacia el contenedor con todas sus fuerzas.

Triste y aún asustada, ve cómo el camión se aleja… y con él su deseo de tener unos zapatos nuevos.

Mónica Jade

Mónica, Jade pa’ les compas. Viajera en el espacio, tangible e intangible. Amante del arte en todas sus expresiones