Hace meses que no nos vemos. Nuestras miradas no se volvieron a cruzar. Existe en mí una incertidumbre y es necesario que te la comunique antes de que presentes las consecuencias. No sabía cómo explicarlo hasta ahora que me decidí escribirte este pequeño texto. 

No me arrepiento ¿sabes? Sé que lo que hice no es malo, pero debes saberlo: he sembrado un maguey dentro de ti. Si, un maguey. Uno pequeño, un hijuelo. Se sembró en ti hace mucho tiempo y como todos crecerá. Tú no sabías. Tenía que decírtelo. Un maguey yace en ti. Quizás tenga meses, pero tu metabolismo lo hará crecer rápidamente. Eres tierra fértil rica en vida y es mejor que lo sepas ahora. Hay un maguey dentro de ti. ¿Por qué lo hice? Por muchas razones. No recuerdo de dónde es: ¿Tlaxcala, Hidalgo, Puebla, Estado de México…? Ahí está. 

Sé que por la naturaleza del terreno donde fue plantado y por el ambiente donde crece en este momento ya ha adentrado gran parte del rizoma y generado una raíz fuerte y gruesa. Una piña pesada y rica en savia. Seguramente ya tiene algunos hijuelos basales alrededor de éste. Tus torrentes sanguíneos serán aquel paso donde las extensiones inferiores de esta planta de extiendan y crezcan. Observa tu piel, ponle atención a tus venas, de estas raíces te podrás percatar. Ahí están envolviendo tu organismo todos los días. Sangre y savia recorren tu cuerpo. Piel de fibra. Olor a agave desprenden tus poros. Sabor. 

Existen tres formas de resolver este problema y tienes que poner atención. La primera y la más sencilla es que ignores este escrito. Que no me creas y lo dejes pasar. Puedes ignorarme y para mi desdicha no tendré que tener mayor problema. Pero tengo que advertirte que tú sí. Porque como todo maguey de este tipo florece, fructifica y muere. Entonces, ten a bien recibir un escapo floral que ha de emerger de él. Un quiote con gran inflorescencia, lleno de capullos florales que llegarán más allá de tu cabeza; gualumbos que buscarán salida de alguna forma; por tu boca o nariz. Quizás floreen tus ojos, sería una maravilla. Fruto de todo ello después morirá. Recordarás esto como una gran experiencia o una incomodidad. Con los restos de penca podrás conseguir leña seca y con ella, encender ese fuego que sólo tú conoces y otorgar calor al más desesperado de tus demonios, de tus habitantes. 

La segunda opción es la intervención. Llevar el ciclo de la vida con la mano del hombre. Denominar a aquella persona el permiso de intervenir en tus adentros. Llamarlo tlachiquero y que se encargue del trabajo que tú mismo le inculcarás. El maguey afianzado a tu ser, combinará tu sangre con su savia, caparlo resultará una fallida floración, pero en cambio nos proveerá del mayor elixir jamás probado. Aquella combinación que sólo de tus adentros podrás dar a probar. Que rompa con la misma naturaleza. El maguey morirá y esto pasará a un recóndito recuerdo de tu cabeza, donde sus raíces también quedarán. 

La tercera elección queda a tu palabra y corazón. Si bien tuve el atrevimiento de hacer dicha acción, también tengo el cinismo y atrevimiento de confesártelo. Como quieras tomarlo. Dejo aquí testimonio del presente que, a largo plazo, llegará lejos sabiéndolo trabajar. No te diré cuál es el lugar exacto donde se encuentra enraizado este maguey. Tú debes sentirlo o seguro ya te percataste. Ten cuidado de querer sacarlo por tus propios medios pues puedes hacerte daño. Tu corazón como terreno resultó inapropiado pues la flora y fauna en él es inmensa. Tu hígado acabaría con la planta en semanas, incluso días. Su demanda de líquidos es de admirarse. Yo sé que ya sabes dónde se encuentra este maguey pero será nuestro secreto. Los mixioteros están a la orden del día, los tlacuaches se arrastrarían hasta él y, sinceramente, prefiero verte crecer. Te dejo todas las lluvias de verano. Todas las lunas nuevas del año. Toda la fertilidad de la tierra. Te dejo mi más querido y amable maguey. 

Edgar Guadarrama

Este chinicuil ya lo están moliendo en otro molcajete y lo que se dé a pelar, que se vaya remojando. Con pulque en las venas