Por: Anónimo

Miércoles 17 de noviembre de 2021, Ciudad de México.


A la sociedad mexicana, al mundo entero, queremos decirles:

Somos una comunidad que tras estos meses (casi dos años) de encierro, hemos decidido que no queremos volver a la normalidad, porque no existía antes y no existe ahora. ¿A qué vamos a volver, a una rutina que simulaba libertad porque se practicaba en exteriores? Desarrollamos una agorafobia funcional, un aislamiento selectivo, unas borracheras unipersonales deliciosas. Y ahora, con sus campañas de vacunación y su intento burdo por volver a echar a flote el viejo barco del capitalismo y de la economía de libre mercado, donde la mano invisible es más mortal que el propio coronavirus, quieren que salgamos de nuevo a las calles, a los centros de trabajo, a los centros de comerciales, siempre al centro, y nosotros estamos fuera, en los márgenes, aislados, solitarios, en nuestro encierro.

Si les preocupa que seamos simplemente una bola de personas que están a gusto en la contemplación pasiva del paso de los días hacia nuestra inexorable muerte, sepan que, además de que eso puede llegar a ser cierto, la mayoría de nosotros no hemos dejado de trabajar, e incluso nos hemos vuelto más productivos, más explotados. Aquellos que han dejado sus empleos no los han abandonado de manera voluntaria, sino que fueron echados, arrojados a la calle, al caldero de la maquinaria social cuyos engranajes estaban solidificados por la pandemia, pues, salvo muy pocas excepciones, no hay quien viva o coma sin trabajar. Tampoco hemos dejado de comprar, si lo que creen es que somos una amenaza a su status; Amazon, Mercado Libre, Uber eats, un sinfín de aplicaciones nos han satisfecho nuestras necesidades básicas, impuestas por la sociedad de consumo y por la condición de seres vivos que, como ya dijimos, necesitan alimentarse.

De alguna manera, antes de la pandemia, teníamos la creencia que nuestras acciones eran incitadas por la libertad (las cadenas del liberalismo, una falsa libertad) de elegir dónde y cómo ser explotado; por cuánto venderle tu vida al mejor postor, aunque en muchas ocasiones no fuera nuestra decisión y ni siquiera se tratara del mejor postor, sino simplemente de aquel que nos permitiera no morirnos de hambre; perenemente amenazados de que si alzábamos la voz seríamos reemplazados por el inmenso ejército que hay detrás de nosotros, un ejército deseoso de ser explotado por un salario miserable. “Da gracias a dios que tienes empleo”, nos decían con descaro.

Al principio, cuando el índice de contagios y muertes se elevó como espuma de cerveza mal servida, nos obligaron, motivados por el miedo, el bombardeo mediático y aquel discurso, igual de emotivo como categórico, de López-Gatell que decía insistente, con lágrimas en los ojos “quédate en casa”, a encerrarnos. Ahí nos dimos cuenta que aquello que creímos era libertad de elección no era sino una mentira, porque nunca nos habían dado la oportunidad de quedarnos en casa, de trabajar desde nuestra cama o nuestro sofá, de ir en pijama al trabajo, de preparar tu desayuno mientras escuchas la misma aburrida junta de cada lunes donde piden siempre más ventas, más productividad.     

Nos conocimos vía virtual, descubriendo que no estamos solos, que somos muchos, cada vez más, los que no queremos regresar. Nos hemos organizado, planeando actividades que nos permitan resistir, darle batalla a la avalancha de la normalidad. Nuestra resistencia comenzó con pequeñas reuniones, entre nosotros, para contagiarnos y así evitar que, al menos por el tiempo de convalecencia, nos regresaran forzosamente a las actividades típicas de antes de la pandemia. Pero eso pronto resultó insuficiente. Todos nuestros esfuerzos se veían opacados por las cifras cada vez más alentadoras, con una baja drástica de contagios, de traslados a hospital, de muertes.  Nosotros, en aquel entonces un pequeño grupo de 15 personas, éramos poco menos que una anécdota, entre las miles y millones de historias que desató el covid. A través de Facebook y Twitter, contactamos con más como nosotros y les instamos a que formaran sus propios grupos de contagio, para intentar contrarrestar las cifras oficiales. La verdad oficial es persistente. A pesar de que sabíamos que en estados como San Luis o Querétaro nuestros compañeros de lucha habían logrado diseminar nuevos brotes, en las estadísticas brindadas por el gobierno no se hacía mención de ellos. Algunos de nuestros camaradas, mártires de la causa, murieron tratando de que la pandemia, esta nueva forma de enfrentar y convivir con el mundo, no viera su fin en vano.

(PARÉNTESIS) Queremos dejar claro que no somos antivacunas. Respetamos la decisión de quién no quiere seguirle el juego al capital, optando por rechazar la salvación milagrosa de Pfizer y demás farmacéuticas, pero también instamos a vacunarse, pues queremos permanecer en casa, no que todo el mundo muera; quizá, sólo algunos, los suficientes como para impedir que nos saquen a la fuerza a todos y hacer como si en el mundo no hubiera pasado nada. Queremos quedarnos en casa en lo que construimos e inventamos un mundo mejor. Y si no logramos construirlo o inventarlo, queremos seguir en casa.  

Al poco tiempo, los embates para invisibilizarnos se hicieron más evidentes, más frontales. En alguna ocasión irrumpieron en varias de nuestras casas, llevándose computadoras y celulares, con el fin de desmantelar la organización que estábamos edificando. Fue ahí cuando pasamos a la acción directa. En vez de hacer pequeñas reuniones de contagio, fuimos a donde sabíamos que había alguien enfermo, para nosotros ser portadores del virus. Una vez contagiados salimos a las calles con la intención expresa de que otros, fuera de nuestros núcleos, contrajeran el padecimiento. Acaloradas discusiones rondaron a nuestra organización. Algunos argumentábamos que si íbamos esparcir el virus, lo hiciéramos con aquellos que tenían mayores posibilidades de sobrevivir. Viendo los patrones del comportamiento pandémico, eran los ricos los que menos morían, y no sólo por la obvia relación que los ricos son menos, sino porque tienen más y mejores accesos a una salud integral digna, a una buena alimentación, mejores cuidados y mejores atenciones. Pero no se trataba de tocarnos el corazón, pues nunca nadie antes se lo había tocado por nosotros, por nadie. La otra ala faccionaria argumentaba, con razón, que para lograr nuestro cometido debíamos reactivar los contagios de forma masiva, debiendo ir a diseminar nuestra salvación en colonias populares, sobre pobladas. Una vez más sería el proletariado, el trabajador, el asalariado, el sujeto histórico, aquel capaz de detener al mundo y ojalá transformarlo.

A la par que nuestras acciones guerrilleras iban en aumento, también ascendió nuestra popularidad, sobre todo entre la juventud, que había crecido y desarrollado con el encierro. Muchos jóvenes que iniciaron con la pandemia su bachillerato o licenciatura, estaban por terminar el grado educativo sin haber pisado un aula, sin conocer de manera física a sus profesores o a sus compañeros; y muchos estaban perfectamente bien con ello. Se sumaron a nuestras filas, siendo una parte muy importante, quizá las más activa en cuanto a la estructura de contagios. Viajan por toda la república, ahí donde haga falta, donde las autoridades amenacen con regresar a la innormalidad.

A pesar de todo, no hemos logrado un apoyo masivo, abierto. Somos todavía un movimiento diminuto en comparación con toda la masa descolorida que hace fila para entrar al matadero del pasado como lo conocíamos. Este manifiesto es, entre otras cosas, para admitir nuestra derrota, todo parece indicar que la irrefrenable vuelta de página hacia un pasado insoportable sucederá pronto; pero también es para que aquellos que todavía no saben de nuestro grupo, y sientan igual que nosotros, sepan que no están solos, que en las sombras hay hombres, mujeres, jóvenes, dando su vida porque las cosas no vuelvan nunca a ser como antes. Hace mucho ya que nos quitaron la esperanza de futuro, hace mucho que la revolución social no ha pasado de ser una mera fantasía onanista para trasnochados, un recuerdo melancólico, una categoría anacrónica. No dejaremos que nos arrebaten igual la perspectiva del presente, al cual quieren regresar a antiguas formas con las que no estábamos satisfechos, es más sufríamos.

También, estas palabras son para decirles a nuestros enemigos, esos guardianes de la nada, que no descansaremos, más vale morir intubado que vivir de rodillas. El movimiento se ha empezado a internacionalizar y ha dado sus primeros grandes frutos en Alemania, país occidental, de primera línea en cuanto al capitalismo del siglo XXI, que vive una nueva ola masiva de contagios.

Por último, este manifiesto es también para anunciar que nuestras tácticas cambiarán próximamente. La organización retomará principios de captación propios de nuestros enemigos: empezaremos a organizar fiestas masivas, clandestinas, de contagio; apoyados por militantes del sector salud, instituiremos un sistema de monitoreo de clínicas y hospitales para llegar más fácil a los pocos enfermos que queden; daremos recompensas económicas a los enfermos que se presentes de manera voluntaria a nuestras reuniones; saldremos, poco a poco, a la luz, y no podrán contra nosotros.

La primera gran fiesta se celebrará éste próximo 3 de diciembre. Se llevará a cabo en un hermoso bosque, en comunión con nuestro tiempo y nuestro entorno; en correspondencia con la naturaleza y con nuestras pasiones. Seremos libres, por una vez en la vida, realmente libres y en concordancia con ese anhelo de libertad. Para quienes quieran acompañarnos, dejaremos en redes sociales, en comentarios de videos al azar de Youtube, en reseñas de productos que venden en línea, pistas para que puedan acceder a la prelista, que se hará con el fin de mantener lejos a los infiltrados. Hasta pronto, que el COVID los acompañe.