Por: Jalil Rashid

Ilustración: Regina Dufoo.
Instagam: reginadufoo

La muerte llegó volando sobre la tierra y por suerte o por desgracia no fue con un estruendo, como la cultura occidental y la ciencia ficción venían anticipando desde hacía varias décadas.


Fue algo mínimo, una gripe un poco más mortal, lo que arrasó con calma las ciudades. No hubo grandes fuegos, ni guerras; nada de inundaciones, ni monstruos del espacio. La gente simplemente moría poco a poco en sus casas, junto con los que amaba. Se mandaron mensajes de aliento con sus máquinas digitales; pero sabían que el fin era inevitable y que no había redención que los salvara. Así que cada cual hizo las paces con sus dioses y aguardó, con algún soldado de chocolate y un par de rezos, la noche.


En los antiguos pueblos del mayab se ve una sombra negra avanzar en línea recta sobre el pavimento, quien la proyecta contrasta blanca contra el cielo despejado. Silenciosa y grácil, sin aspavientos. Es el heraldo del inframundo. Es el uayob del dios sin nombre, el nahual del sol reflejado.

Pero ella no quiso serlo jamás. Ella quería jugar a brinquitos en los charcos de agua y comer ratones. A veces pelear con los hijos de Camazot por el dominio de Áak’ab.


Cuando escuchaba un pequeño cuchicheo entre los arbustos, giraba toda su cabeza, como la tierra gira sobre su eje. Y todo el cóncavo de su rostro, cual antena parabólica, llevaba las pequeñas vibraciones en el aire como agua al embudo. Era así cuando su cara asemejaba al sol muerto. Y la muerte era su presagio y no viceversa. Extendía entonces sus alas blancas y el cuerpo se desprendía de la tierra como si nunca hubiera pertenecido a ésta. Su vuelo era un murmullo y su cabeza se fijaba en el aire para así acomodar el resto del universo a su destino. Y cuando el rito de la caza terminaba, el universo era dejado otra vez en su lugar.


Fue entonces que llegaron los hombres y las mujeres del maíz. Que llenaron la noche con sus fuegos y sus pesadillas. Y del fuego hicieron hoguera para quemar sus miedos; pero los demonios fueron persistentes. Brujas las llamaron y las apedrearon. Ellas chillaban por misericordia pero los hombres del maíz confundieron el llanto con amenaza. Entonces arrancaron sus plumas y las rociaron con gasolina. Y en la pira se consumió el perdón también.


Aceptaron con resignación el papel: ser el presagio del final, el avatar de la noche. Y cuando el hombre por fin se replegó del monte y se retiró de la obscuridad, ellas regresaron. Para dejar su sombra negra y silenciosa sobre las tierras del mayab.


Y ahí está, sobre las casas blancas, volando en busca de algún ruido que delate algún roedor. Ahora hay muchos, la plaga se llevó a los hombres y las mujeres del maíz, pero dejó muchos ratones en las casas. Tal vez es la manera en la que pedimos perdón por los errores del pasado.

Jalil Rashid

CDMX, 19tijirialgo. Él va a rockear forever, dice. Al final las piñas no fueron negocio. Deportista extremo que le planta seguido cara al pavimento.