Por Babieca Zavala

Muchas veces me pregunté si debía contar esta historia. Hasta hoy pensaba que la iba a guardar para mí, como una de esas circunstancias extraordinarias inenarrables, pues, a pesar de contarla con toda la honestidad posible, sospechaba que nadie me iba a creer, siendo lo mejor guardarla para siempre. Me preguntaba, también, cómo debía narrarla, a quiénes. Una que otra cantina, y sus parroquianos, llegaron a escuchar un ensayo alcoholizado de esto que tengo para contar; sin embargo, ni cantineros ni asiduos bebedores me prestaban atención o, como era de esperarse, me tachaban de mitómano que con un cuento chino busca desesperadamente la consideración que no recibe en casa. Eso último puede ser verdad: en casa no me espera nadie; pero no se trata de eso, no es una súplica desconsolada que reclama a gritos un oído, un hombro o un amigo. Hoy, que por fin se rompió la maldición, creo que es buen momento para relatar esto que llevo guardado. Espero hacerlo de la mejor forma posible, así como espero no aburrirte y perderte antes del desenlace, si es que no lo hice ya y abandonaste esta historia casi desde el inicio, cuando empecé a hablar de mí, un tipo anodino y, siendo honesto, para nada interesante. Pero esto no se trata de mí, se trata de otra cosa, otra cosa que todavía no sé muy bien cuál es. Espero que usted, quien quiera que seas, al leer esto, sepas encontrar ese sentido oculto, si es que lo hay.

Como uno debe partir de desde lo que sabe, esta historia inicia en la Ciudad de México, aunque en realidad sucede a poco más de 14 mil kilómetros de distancia, en la región de Anseba, en la ciudad de Keren, Eritrea. Allí vive, espero de corazón que siga vivo, el pequeño Ahmed Ngongi; o al menos era un pequeño, entre 8 o 10, cuando lo conocí, en el 2018. Se preguntarán: ¿Qué tiene que ver la Ciudad de México con el pequeño Ahmed? La respuesta a ello, por absurdo que parezca, es un equipo de futbol mexicano: el Club Deportivo Cruz Azul.

A finales de 2017, el equipo abandonó la que fuera su casa desde 1996, el Estadio Azul, ubicado en la colonia Nápoles, para regresar a jugar en los pastos del mítico Estadio Azteca[1]. Si me preguntan a mí, fue una pésima decisión el cambiar de sede al equipo. Es cierto, el Azteca es un estadio increíble, finalista de copas del mundo, vio jugar a Pelé, presenció la mano de Dios, el partido del siglo entre Italia y Alemania, además de ser la casa de la selección mexicana; pero el Azul era como la base, la estructura que soportaba el alma de equipo.

Antes de la migración, por casi dos décadas, trabajé en el club haciendo de todo un poco; desde arreglar gradas y cortar el césped, hasta mudar mi piel por la de un conejo blanco, la botarga del equipo, y bailar embutido en el disfraz, completamente absorbido por el personaje, hasta terminar exhausto y bañado en su sudor. Una vez anunciada de manera oficial la mudanza para el Azteca, de forma extraoficial me dijeron que no era extensiva para todos; que yo y un grupo de compañeros a mi cargo ya no seríamos necesarios. Nos patearon cual balón despejado por defensa central que no es muy hábil con la pelota en los pies y sólo sirve para alejar lo más posible el peligro de su portería. En otras palabras: nos mandaron a la chingada. Me pidieron vaciar la pequeña bodega donde guardaba, entre otras cosas, herramienta, material sobrante, la botarga, una podadora que yo mismo había comprado, mi sillón, mi tele.

No voy a mentir diciendo que me echaron a la calle sin decir si quiera “gracias”, pues me dieron una buena compensación económica como liquidación, pero tampoco diré que fue una transición sencilla. Sin el trabajo, sin el equipo y, sobre todo, sin el estadio, una profunda depresión que me impedía salir de la cama más que para lo absolutamente necesario se apoderó de mí. Nunca imaginé que afectaría tanto en mi ánimo el dejar ese empleo, y nunca lo imaginé porque ni siquiera me había detenido a pensarlo; simplemente le dedicaba prácticamente todos mis días, todos los días, de sol a sol, mi vida toda.

Después de eso, por meses enteros me la pasé viendo la televisión, cambiando de canales sin cesar, buscando cualquier cosa que distrajera mi tristeza. Ya no podía ver futbol, cada partido me recordaba en algo al estadio y los viajes con el equipo por toda la república. Una madrugada, en uno de esos saltos de canales, me encontré con un anuncio de la UNICEF donde pedían donaciones para los niños del África Subsahariana en condiciones de extrema pobreza y una terrible desnutrición. Por aquel entonces me había dado por discutir con mi única compañía, espetando opiniones de hombre amargado a la pantalla. “Mejor que ayuden a los niños de Oaxaca”, me acuerdo que le reclamé a la señorita que pedía mi donación en dólares.

En mis peroratas a la televisión, maldecía a los directivos que habían tomado la estúpida decisión de abandonar el Estadio Azul para irse a la casa del equipo que nos había humillado en la final del torneo Clausura 2013, y más los vituperaba por tantas finales perdidas en los últimos años. Estaba seguro, todavía lo estoy, que la única causa posible para tanta derrota en las finales se debía al amaño de partidos, pues a esos sujetos, incluidos los jugadores, no les importa para nada el equipo, su afición, la mascota, el personal que los sustenta, el estadio que los cobija. Lo que les importa es el dinero. Dejarse perder en los últimos minutos apostando en tu contra acarrea beneficios económicos inconmensurables. De seguro el dinero de mi liquidación venía de esos cochinos manejos usureros. No es de extrañarse que actualmente las casas de apuestas hayan surgido a diestra y siniestra y algunas de ellas hasta sean patrocinadoras de equipos deportivos. Para darles un panorama general de las finales que ha perdido en los últimos años el que, hasta antes de mi despido, fuera el equipo de mis amores, no enumeraré todas y cada una de las derrotas, me limitaré a decir que, de 1999 al 2013[2], 8 torneos fueron echados al olvido tras perder la última instancia.

Dicen que nadie recuerda a los segundones, pero en el caso de Cruz Azul no es así, todos lo recuerdan por tantos subcampeonatos obtenidos en los últimos años, al grado de que se ha creado un verbo, de pronta admisión en la Real Academia de la Lengua, para la acción de meter la pata en el último minuto: cruzazulear[3]. Los que no sepan de qué les hablo, podrán argumentar: “para 14 años, no resultan demasiadas 8 derrotas”; pero déjenme decirles que, para empezar, el equipo no ha sido campeón de la liga mexicana desde 1997 y, si a números nos vamos, tiene más copas de segundo lugar en sus vitrinas que estrellas en el escudo, eso sin mencionar que 5 de esas 8 derrotas sucedieron entre el 2008 y el 2010.

Disculpe usted, tanto si ha llegado hasta estas líneas como si ejerció su derecho de abandonar la lectura en cuanto comprendió que la vida es muy corta como para desperdiciarla en cosas como esta, si este preámbulo se ha detenido de más en la historia del equipo y sus fracasos, y en mi propia historia y mis fracasos. Quería empezar por lo que conozco, y hasta entonces no conocía nada más allá del futbol. En fin, cada noche me encontraba de nuevo con el anuncio de UNICEF y, en vez de cambiarle, como haría cualquier persona sensata, me ponía a ver las tomas en alta definición de niños esqueléticos, filmadas con equipos de video millonarios. Y así, noche tras noche fue naciendo de a poco una idea que de pronto, sin percatarme, se materializó: me encontré buscando información sobre visas, pasaportes, vacunas y todo lo necesario para viajar a África. Tenía el dinero de la liquidación, tan inútil e inmóvil como yo frente a la tele.

Por puro atractivo geográfico fue que elegí el Mar Rojo, y así fui a parar a Eritrea. Llegar ahí no es sencillo ni barato. La agencia de viajes me consiguió la visa y me facilitó la ruta, no sin antes pasar por España y Estambul, donde tomé un vuelo de Turkish Airlines que me dejó en la capital, Asmara. Quería ver con mis propios ojos a aquellos niños que con su instinto de supervivencia habían logrado sacarme de mi letargo. Yo sólo había perdido un trabajo, ellos, sin embargo, no tenían nada y se empeñaban en sonreírle a la cámara, al mundo. Bien me pude ir a ayudar a los niños de mi país, de Oaxaca o Guerrero, como le gritaba a la presentadora de UNICEF. No me voy a justificar tratando de explicar algo que de cualquier forma sería una mentira, mi impulso viajero se internacionalizó porque ya había conocido el país viajando con el equipo y porque no se trataba de una acción desinteresada. En el fondo, el ímpetu por ir a buscar a los niños de la tele y brindarles ayuda fue un acto egoísta, con el único fin de escapar de la tristeza buscando parajes más tristes, y si éstos eran lejanos, exóticos y desconocidos, qué mejor.

En un inicio llegué a destinos turísticos que no mostraban la realidad de aquella región, o más bien mostraban una realidad cargada de maquillaje. El hotel en que me hospedé la primera semana resultó ser una magnífica representación de ello: áreas comunes, pasillos y habitaciones impecables; sin embargo, aquellas alcobas malolientes, ocultas por el hotel, a las cuales sólo accedía el personal tenían goteras, estaban sucias, repletas de triques necesarios para crear la ilusión resplandeciente de un lugar de huéspedes, en su mayoría norteamericanos y europeos; casi como mi covacha en el estadio. Creo que así pasa en todos lados, por lo regular nadie nos mira a nosotros, los trabajadores, que hacemos todo lo posible porque alguien más pase un buen rato; mucho menos se percatan de los espacios que utilizamos, cocinas, cuchitriles, bodegas, almacenes, para brindarles un servicio. 

La ciudad, el país, su comida, su gente, todo, me intimidaba, lo admito. Pero poco a poquito fui perdiendo el miedo de aventurarme más allá de las inmediaciones del hotel. No obstante, mis expediciones estaban limitadas a ciertos espacios donde las autoridades eritreanas te permiten transitar, pues, para poder viajar a cualquier parte fuera de la capital se necesita sacar permisos específicos en la oficina del Ministerio de Turismo.

  • Ese país es conocido como la Corea del Norte de África. La mayor parte de él está negada para los turistas— me dijo una pareja de turistas españoles que viajaron conmigo en el avión, quienes me adiestraron en dónde y cómo tramitar los permisos.

También, de a cuentagotas, así como le fui perdiendo el miedo a salir del hotel y de la avenida principal, con palmeras y un estilo europeo, repleta de cafeterías de corte italiano, pues fue colonia italiana hasta 1943, se fue desdibujando el maquillaje de la realidad; hasta que llegó la clásica gota que desborda el vaso y se me reveló de pronto, en toda su crudeza.

No más allá de unas cuantas calles del turismo convencional ofertado por agencia de viajes, con paquetes de buceo en la cuenca del Océano Índico entre África y Asia, encontré comunidades enmudecidas , impregnadas con uno de esos silencios que, se dice, se pueden cortar con un cuchillo; arrasadas por la guerra con Etiopía y con el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray, conflictos bélicos de los cuales nunca había escuchado ni media palabra, hasta que vine a parar a aquí, buscando quién sabe qué. Es más, ni siquiera sabía que en el mundo hay un lugar llamado Eritrea.

 A poco más de hora y media de la capital, Asmara, a unos 94 kilómetros, está Keren, ciudad mucho menos cosmopolita, de estilo musulmán, desmaquillada, con calles sin asfaltar y donde la tristeza y la pobreza son mucho más perceptibles. Aún así, es la segunda ciudad más importante del país y tiene mezquitas increíbles. En Keren, usualmente, los lunes son días de mercado de animales, una especie de tianguis surrealista donde puedes comprar camellos o carne de toro, mono o cordero.

Cerca de ahí, mientras comía un plato de Tibsi (carne de cordero frito en salsa de tomate), sentado en los escalones a la entrada de una casa, vi a un niño que, aunque no se parecía en nada a los que me había prometido la UNICEF, me hizo sentir algo raro, entre alegre y melancólico; un poco triste pero a la vez entusiasmado: el niño jugaba a la pelota, con una playera, polvorienta y un poco rota, de Messi. No era un crack, pero tampoco era malo. Hacía paredes con la fachada de la casa, dominaba el balón como se podría esperar de un niño de su edad, driblaba piedras y agujeros en la calle de terracería. Lo que más llamó mi atención fue el gusto con el que jugaba, la, quizá podría llamarla así, pureza infantil de su partido imaginario, donde era él contra el mundo: hoyos, baches, piedras, perros, peatones, fantasmas, sombras, pasado, futuro, hambre, tristezas. Devolvió, en alguna medida, mi amor por el futbol. Cuando el balón rodó sin querer hasta donde yo estaba, dudé un poco en devolverlo con la mano o con un pase elevado. Hacía mucho que no tocaba, con ilusión, un balón con los pies; desde los quince años, cuando fui a probar suerte a la cantera del Cruz Azul, recomendado por un compadre de mi papá, quien le cobró mucho dinero para que pudiera ir a que me dijeran que mejor me dedicara a cualquier otra cosa, pues de futbolista tenía el mismo futuro que de olfateador profesional; o sea, ninguno. Al final, para reparar mi corazón roto, y aliviar su conciencia frete a mi padre, el compadre Jacinto consiguió que me dieran el empleo del que veinte años después me echaron como si nada.

Tremendo pase salió de mi pierna izquierda hacia su pecho. Bajó el balón con elegancia y, en vez de continuar con el partido que había dejado a medias, me mandó otro. Tal vez me estaba probando para ficharme en su equipo imaginario. Saqué mis mejores dotes latentes de futbolista frustrado y le regresé el balón con pase de rabona. Supongo que aquella muestra de exquisitez resultó más bien ridícula, pues soltó tremenda carcajada, pero fue suficiente para que me incluyera en las filas de su cuadrilla; ahora jugaríamos los dos contra todos y todo. Y sí, estuvimos jugando hasta que comenzó a caer el sol. Hasta entonces, mi inglés rudimentario me había ayudado a sostener las conversaciones más elementales, que me permitieran satisfacer las necesidades más básicas. La mayor parte del tiempo me la había pasado hablando con mis adentros, porque ni a la televisión lograba entenderle lo suficiente como para mantener inexorables discusiones con ella. Con el pequeño Ahmed fue distinto. Para mi sorpresa, él tenía un manejo muy superior al mío de la lengua de los gringos, e incluso creo que hablaba italiano. Mediante una mezcla de señas, imágenes que traía en el celular, inglés elemental, español e italiano, pudimos conversar un poco. Así supe que se llamaba Ahmed y creo que me entendió cuando le dije que yo era Juan y que venía de México. Vivía cerca de ahí, a un par de calles. Su madre había ido al mercado. Nos despedimos cuando otro niño, un poco más grande que él, se le acercó, rompiendo así nuestra mancuerna implacable. Intercambiaron palabras y risas, creo que se burlaron de mí. Me dijo “Good bye” y se fueron por el rumbo opuesto a mi hotel, al que un vetusto autobús me llevó de vuelta.

En mi habitación, tras mi resiente reconciliación con “el deporte más bello del mundo”, como dice el periodista y narrador deportivo, Luis Omar Tapia, me puse una borrachera tremenda con Asmara Beer, la única marca de cerveza que pude conseguir ahí, más barata que el agua embotellada. Era a veces amarga, a veces muy aguada, otras muy espesa. Creo que su producción todavía no está del todo estandarizada y algunas saben horrible y otras todavía un poquito peor. Trago a trago, botella tras botella, le fui agarrando el gusto. Salí a la terraza del hotel, donde turistas y uno que otro nativo van a pasar las últimas horas del día, con un par de copas. Me puse a contemplar el horizonte. En ese momento, al calor del crepúsculo, me pareció hermoso aquel punto distante donde parece que se tocaban el cielo y la tierra. Me dio la impresión que en algún lugar del ancho mundo, efectivamente, podían coincidir las trivialidades mundanas con los asuntos divinos. Los tonos de aquellos colores, que había visto millones de veces antes, se me hicieron más intensos. Este nuevo paisaje, este horizonte distinto, esta cerveza desabrida, por fin lograban inyectarle a mi espíritu desteñido un nuevo ímpetu. Hasta la cara de la luna me parecía diferente. Ese posible punto de encuentro entre lo divino y lo profano se puede revelar en cualquier parte del planeta; es móvil, brinca de un lugar a otro. A veces aparece en el Mar Caribe, en las casas grises y amontonadas del Cerro de la Estrella, en la portería contraria de un estadio abandonado, en el espectáculo desértico de un país distante; pero siempre estará lejos y a la vez muy cerca. Crees poderlo alcanzar simplemente con estirar el brazo, con dar unos pasos hacia su sitio, y sin embargo siempre estará a la misma distancia, sin importar qué tanto avances en su dirección. Al caer la noche regresé al cuarto con la intención de darme un baño y reposar la borrachera.

Entre las cosas que llevé en mi equipaje había una maleta repleta de playeras del Cruz Azul campeón. Cada que el equipo llegaba a una final, que después, como ya saben, terminaba perdiendo, se mandaban a imprimir, en la colonia Algarín, de la Ciudad de México, cientos de playeras que los jugadores, cuerpo técnico, utileros y empleados generales debíamos portar con la leyenda de campeón, anticipando una posible victoria. Embusteras. Sin embargo, esas playeras terminaban en cajas que yo guardaba en la covacha que tenía en el estadio. Tenía la instrucción de destruirlas, sin embargo, con cada nueva derrota, las cajas se apilaban en aquel cuartucho oxidado. Las guardé porque me daba pesar desintegrar una prenda nueva, en perfecto estado, que había costado tiempo y esfuerzo cocer, estampar, crear; porque me reusaba a creer que todas las esperanzas de miles de seguidores, depositadas en esas simples prendas, que para los directivos era fácil desechar, se esfumaban así nomás, incineradas en la caldera del estadio. Cuando vi las imágenes del comercial de UNICEF que me motivaron a ir hasta Eritrea, en la imagen romantizada que se gestó en mi cabeza, creí que esas playeras podían ser útiles para vestir a esos niños esqueléticos por los cuales me solicitaban un donativo; tendrían una nueva vida, un nuevo significado. Así que las llevé hasta allá sintiéndome un misionero consumado que en vez de llevar palabras y buenas intenciones llevaba cosas concretas, útiles.

Al lunes siguiente volví a la calle donde había conocido a Ahmed, sin tener éxito en localizarlo. Caminé por el mercado, por las mezquitas, por los cafés. Al miércoles siguiente, resignado a no volverlo a ver, cuando el dinero estaba por desaparecer, y muchas de las playeras ya las había regalado a diestra y siniestra, desde la ventanilla del decrépito camión que me habría de llevar de vuelta a Asmara, para volver irremediablemente a México, lo vi, a las afueras de Keren, con la misma camiseta de Messi. Como pude me bajé del autobús, aunque el conductor se reusaba a detenerse. Para mi sorpresa el pequeño me reconoció. Esa vez no traía consigo un balón, así que nuestra comunicación se limitó a las palabras. Caminamos un buen rato a la orilla del camino, de regreso rumbo a Keren. Como Dios me dio a entender, le pregunté algo evidente, que si le gustaba el futbol. Hablamos de Messi, del Barcelona, del París Saint Germain. Otra vez para mis asombros, tenía conocimientos vagos del Boca Juniors y de Diego Armando Maradona. Le pregunté que si había escuchado hablar del Cruz Azul. Por demás está decir que nunca en su vida había escuchado de ese equipo, arrinconado en un país tan extraño y recóndito para él como para mí lo fue Eritrea. Con las fotos de mi celular y una exageración que me salió de no sé dónde, le hice creer que el Cruz Azul era uno de los equipos más importantes del mundo. Le hice creer que era incluso más grande que el Boca. Una de las playeras embusteras, de campeón, que llevaba en mi maleta, y que nunca habían sido exhibidas en público tras la estrepitosa derrota, era de la final de la Copa Libertadores del 2001, la cual el Azul perdió precisamente ante el cuadro Xeneize. Le dije que el Cruz Azul había ganado esa final, que había ganado todas aquellas que en la realidad perdió a lo largo de los años. Una a una le fui obsequiando las camisetas. Incluso se quitó la de Messi, para portar con gusto la, hasta entonces, más reciente “victoria”, la del torneo Clausura 2013, donde el América nos empató en último minuto, con un gol increíble de su portero, y nos ganó en la tanda de penales.

Lo acompañé hasta su casa, una casa pequeña, oscura y fría, donde su mamá no lo esperaba, ocupada en atender a sus otros múltiples hijos, de todas las edades. La señora, era de esperarse, me miró con desconfianza, la cual se disipó cuando le ofrecí mis últimos nafkas. Me invitaron a comer con ellos un extraño puré de garbanzos y trozos de pan remojados en salsa. A la mesa, el pequeño Ahmed se declaró fan “number one” del Cruz Azul (hasta aprendió, tras numerosas repeticiones, a pronunciar su nombre) y dijo que de grande quería ir a México y jugar en ese equipo. Para ese momento, debo admitirlo, ya sentía remordimiento por mis viles mentiras, pero ya era muy tarde para desenmascarar la verdad. Me fui de ahí haciendo creer al pequeño Ahmed que el Cruz Azul era el equipo que yo quería que fuera. Le trasplanté mi viejo amor al equipo, ahora renovado en él. El me contagió de su honesto y puro amor al deporte que había empezado a odiar cuando me corrieron del estadio. Me devolvió la ilusión, la esperanza. No sabíamos, ni él ni yo, que por esas fechas el equipo había vuelto a perder, contra el maldito América, otra final.

Desde entonces han pasado muchas cosas, en particular la pandemia global que mató a muchas personas y que prácticamente detuvo al mundo. Incluso, aunque esto es muchísimo menos importante, detuvo al balón por un tiempo. Cuando mundo, balón y esperanza volvieron a girar, por fin, 23 años después de su último campeonato de liga, en el 2021, Cruz Azul volvió a levantar la copa, en una final que, sospecho, estuvo arreglada, esta vez a su favor, pues “La Máquina” dio uno de sus peores partidos del torneo. Si esta vez fue otro (Santos Laguna) el que se dejó perder, es lo que menos me importa. Esta noche, domingo 30 de mayo del 2021, vine hasta el Ángel de la Independencia a gritar “Azul…Azul” en representación de un pequeño eritreo que cree que el Cruz Azul es el mejor equipo del mundo. Y para mí, por él, por todos los niños y adultos que hoy vi derramar lágrimas, quedarse sin voz, volcar su amor y esperanza en un equipo de futbol, también es hoy el mejor equipo del planeta. Escribo esto desde, ¿dónde más?, una cantina del centro histórico de la Ciudad de México. A mi lado festejan y ríen y lloran. Dejaré estás hojas sobre la mesa, esperando que tú, si llegaste hasta esta parte de la lectura, también festejes en nombre del pequeño Ahmed.


[1] Cruz Azul ya había jugado en el Azteca de 1971 a 1996, cuando se mudó a la colonia Nápoles

[2] En diciembre del 2018, mientras estaba en áfrica, el cruz azul volvió a perder contra el América, con un marcador global de 2-0

[3] Según Larousse Latinoamérica, cruzazulear se define:

  1. Intr. Ganar continuamente todo para perderlo por un error.
  2. Intr. Perder con torpeza sorprendente.
  3. Estar cerca, muy cerca, de un título sin conseguirlo

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