Digo que el de las chicharras es el sonido más antiguo. 

De algún lugar me llegan sus vibraciones metálicas y me embisten los días en los que la tarde se levantaba como la harina del pan que vendía el padre de Fidel en la esquina, allí donde Beatriz, la vieja Biata (abuela de un hermano que se cuenta por huesos en algún lugar del Caribe), montó una de las tiendas más antiguas del barrio. 

Ese Fidel que hoy, hombre ya, recorre la ruta diaria con el canasto lleno de pan que le heredó su padre. 

Pero entonces, los que éramos niños, jugábamos debajo de una caja de tráiler que nunca nadie vio de dónde surgía ni cuándo desaparecía: planeábamos pasar noches en vela para descubrir quién dejaba aquella inmensa pieza en nuestra calle. Pero ni Fidel, ni Camilo ni Carlos ni yo –mucho menos yo– reunimos suficientes horas de sueño como para no caer ante el cansancio de las noches. 

Escucho a la chicharra y un niño mudo me golpea desde las entrañas para que me asome al terreno de Benito, el ejidatario cojo que amenazaba con machetearnos si poníamos un pie en su propiedad cuando la pelota volaba y acababa junto al enorme y viejo árbol de mangos que en las noches se llenaba de murciélagos; el mismo hombre que nos mandaba a patear salva sea la parte de nuestras madres cuando lanzábamos la bola a su portón. 

Es el mismo sonido que se devoraba los restos de la tarde, como si en ello se fueran a ocultar las primeras sombras de la noche. Flotaba el rumor que levantaba misterios: ¿de dónde viene?, ¿en dónde termina?, ¿hasta dónde llega el sonido? 

La chicharra que escucho en esta tarde es la misma de entonces, la de los crepúsculos entre correteos, entre el ir y venir de Paco y Edén, de Cukis y Héctor, del flaco Iván que terminaba desgreñado por su madre, o de Ilich, ese rencor que ha desafiado al destino con un deseo secreto de morir. 

Éramos legión y defendíamos la tristeza de la chicharra; sabíamos que ésa era su forma de llamar a la lluvia, de implorar por agua. Pero también alguien nos dijo que si llegaba la lluvia, el insecto no resistiría y esas mismas gotas que anhelaba serían el inicio de su silencio eterno. (Hoy creo que ésa fue la primera vez que supe que desear es también una forma de empezar a morir.) 

Años después me enteré de que se llaman cigarras, pero yo prefiero seguir llamándolas chicharras. 

Como chicharra ese flaco moreno de rostro manchado que, metido en prendas sueltas, solía desplazarse a orillas del riachuelo en compañía del último sol, con paso apresurado. 

El mismo riachuelo del que bebíamos su claridad, tumbados panza abajo, cuando el cansancio de las horas de juego se agolpaba en nuestros cuerpos y, como las chicharras, deseábamos el milagro del agua. 

No he vuelto a beber agua más fresca como la de entonces, la de ese tiempo donde uno se elevaba con el sonido de los pericos que iban trazando su memoria en el cielo del barrio, como suaves caricias que se depositan en la frente de un enfermo. 

Suena la chicharra y de algún lugar me llega aquella vieja gorda rodeada de perros que bajaba de la barranca, cada tarde, en busca de su hija: una chiquilla de cabellos tiesos y rostro blanco, sucio, a la que en algún momento llamamos Juana la loca. Juana la loca escuchaba los gritos en torno suyo y pronto iniciaba la cacería de los que gritábamos para hacernos pagar con un tirón de cabello por llamarla loca. 

Todas las tardes y todos los días caben en ese canto… Estridular. Se dice estridular al sonido que emiten las cigarras. Pero yo seguiré diciendo que es un canto y que son chicharras. Y seguiré abrazado a los recuerdos para que nunca me falte la luz de aquellas tardes en las que el juego era nuestra forma de comenzar a ser hermanos. 

Jorge Arturo Hernández García

(Cuernavaca, 1983)

Ha publicado cuento y poesía en diversos medios (impresos y digitales). También se ha hecho acreedor de premios de cuento locales.
En 2019 obtuvo el premio del Certamen Nacional de Cuento de los XXXVII Juegos Florales Nacionales, convocados por la Universidad Autónoma de Campeche.

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