Cuento corto de pandemia, no ésta, otra.

Por A. Reyes

Tras la extraña enfermedad que atormentó durante dos años al mundo entero, rápidamente la comunidad científica abocó todos sus esfuerzos en encontrar una cura; en tan solo 15 meses de trabajos forzados en los laboratorios, los gobiernos con la tecnología más avanzada lograrían lo inimaginable, consiguiendo una esperanza al final del túnel que sería el comienzo de una vacunación masiva sin precedentes.

La meta sería lograr la inoculación de la población mundial; tal reto no era poca cosa, en algunos países, por un lado los anti vacunas protestaban con argumentos tan variados, desde el devenir de la evolución hasta las teorías conspiranoides del nuevo orden mundial. Mientras, en otros países la población se debatía entre la vida y la muerte día con día, además de esta enfermedad con guerras, hambrunas, pobreza extrema e inaccesibilidad a servicios básicos de salud.

El panorama mundial al inicio no parecía alentador, sin embargo los recursos económicos, bastos o limitados, de acuerdo a sus realidades fueron vertidos en la compra de dosis de las vacunas, evidentemente solo la industria farmacéutica se enriquecería con cantidades que no podemos si quiera imaginar.

En menos de año y medio gran parte de la población recibió la dosis requerida para sobrepesar la enfermedad; sin embargo, lo más curioso vendría después, tras la aplicación de la vacuna, en tres meses exactos las personas, sin importar su condición social, raza, ó punto geográfico en el planeta comenzaron a desarrollar bioluminiscencia en las plantas de los pies.

Los científicos hicieron todo tipo de estudios; biopsias, autopsias y teorías para determinar la causa, un poco lograr revertirla, finalmente sin ningún éxito. Las personas con el tiempo encontrarían en este particular hecho explicaciones, relatos, vivencias e incluso nuevos fetiches por explorar.

Del mismo modo era una forma de develar a aquellos quienes por su propia voluntad se habían negado a recibir la vacuna, en ocasiones siendo discriminados, señalados y desplazados.

Por las playas del mundo, era una escena común en el verano mientras los vacacionistas se daban cita para disfrutar el sol y el calor, que por las noches se vieran grupos enormes de personas jugando a las orillas del mar, niños chacoteando disfrutando de sus propios pies brillantes, alardeando evidentemente quien brillaba más que el otro. El espectáculo era tan grande que diversas fotografías con drones eran transmitidas en las noticias, cómo si un montón de medusas se apropiaran de las costas y dejaran rastro por todo el planeta.

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