Por Arcadio Lambhorginni


Ya la cultura hindú lo sabía muy bien: la cebolla, el chile, el ajo, la cúrcuma y todos esos condimentos concentrados en sabor, y que parecieran inofensivos en sus diminutas formas, son altamente pasionales, son el diablo pues. Así creo que se debe escribir un ensayo: con un montón de chile, cebolla, pimienta negra… El ensayo, como dice Luigui Amara, debe ser como la serpiente, maligno, tentativo, venenoso.

La idea de escribir este ensayo sobre la comida que más me gusta viene del rostro de mi profesor Armando Alanís, cuándo los dos estallamos en furia a la mitad de una clase sobre dos posturas muy distintas de ver el ensayo: una, la de Luigui Amara, y la otra de Rafael Lemus. Intenté, como pude refutar la tibia idea de lo que es un ensayo para Lemus. Fracasé; la pasión en mis argumentos se regó por todo el salón. Mi comida favorita es el Guacamole; pero bien picoso, no como el que te venden en los restaurantes que contratan cocineros de academia.

Aprecio la nobleza del aguacate: su sabor sobrio y nada desbordado como el texto de Lemus, ¿pero quién se ha resistido a ponerle unas gotitas de limón, más chile verde y pimienta a ese sabor tan sutil, tan llano? Lemus al responder que el ensayo es un híbrido entre ficción y datos duros, o argumentos de autoridad, no hace más que decir una obviedad. Lo crucial es responder: ¿puede el ensayo decir disparates como una estrategia para una búsqueda menos rígida que se propone desde la academia? ¿Puede darle batalla un guacamole con unos simples chapulines, a un platillo gourmet hecho desde la academia?

Amara también dice algo interesantísimo: “el ensayo no pretende comprobar nada, y si no explora las contradicciones de esa telaraña que llaman  Yo, entonces no sirve…”  por cierto que la cultura hindú sugiere que lo que en occidente llaman “Yo” también es ficción.

¿Cómo entonces Lemus hace mofa de clasificar al ensayo como ficción? Su argumento, como ya lo dije, es la utilización de datos objetivos para construirlo.

En la clase nadie opinó, parecía que Alanís y yo estábamos solos con nuestros argumentos enchilados, veía la mirada de mis compañeros, y  parecía que yo había llegado muy lejos, que me había salido de los límites de lo académico. Ya el colmo, cuando todos me voltearon a ver, fue cuando dije: ¿No Montaigne se encerró en su castillo para escribir sobre él mismo? ¿Necesito un argumento de peso para escribir sobre mí?

Ahora que lo pienso, mis compañeros deberían de comer más guacamole, incluso yo mismo, y lo digo por el origen de tan maravillosa palabra: que viene del náhuatl ahuacatl, y que tiene una connotación de testículo, por la manera en que crece de la rama del árbol. Por otro lado, la palabra testículo también me parece maravillosa: viene del latín testiculus compuesto de testis (testigo) y el sufijo culus, que es usado como diminutivo. Testis es la base de otras palabras: testificar, testigo, testamento, y testimonio. Así que los testículos son como los pequeños testigos, como los buenos ensayistas, y no quiero decir de ninguna manera que el ensayo sea exclusivamente del género masculino, ni mucho menos que lo hagan mejor. No, solo quiero hacer énfasis, en lo de “pequeños testigos”, sí, pequeños en el sentido de “sencillos”, sin más argumento que la experiencia; una terca subjetividad; la maravillosa fortuna de errar, de perderse en el camino; de regresar con las manos vacías al punto final.

Alanís estalló en la clase cuando fije mi postura: el “ensayo ensayo” es ficción. Y mi argumento fue el siguiente: aunque el ensayista meta datos duros en el texto, ¿no es una manera maniquea de utilizarlos? ¿No se utilizan los datos a partir de la subjetividad del autor? ¿No depende del diente del autor para saber encajar el colmillo en el estilo y hacer del texto una tentación? Es decir: una ficción construida con datos objetivos.

Definitivamente el guacamole es mi comida favorita. ¿No les parece una maravilla esa mezcla de sabor tan sutil, sobrio, y nada desbordada del aguacate con el chile verde, limón y pimienta?

Ese mareo que te provoca el chile verde, ponerte rojo al son del cosquilleo que se va encendiendo por todo el rostro hasta llegar a provocar morderte la lengua para calmar ese sopor; ¡ese errar que provoca enchilarte! Así es como imagino un ensayo bien escrito; que tiente, que diga lo incorrecto.


Arcadio Lambhorginni

Estudió creación Literaria en la UACM, es adicto al té verde y a los vídeos de ballenas que mira por las noches.

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