Por A. Reyes

Crónica “Ayatera”

Hay algo en el aire del domingo en el que se respira paz, una tranquilidad única, en que la ciudad amanece relajada. A unos pasos de la Calzada de Tlalpan en la calle de Rumania y Libertad, comienza el vaivén desde temprano, los famosos ayateros cargan sus costales ó los chachareros empujan sus carretas, aunque carecen de bestias de carga, mantienen la tracción a sangre siendo ellos mismos el motor que traslada de un lado a otro, un mundo de objetos inimaginables.

A lo largo de la semana recorren las calles acompañados del ya épico himno: “Se compran colchones, tambores, refrigeradores, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que venda” una voz chillona perteneciente a una chiquilla de 10 años, llamada María del Mar, que grabó ese cassette para ayudar a su padre y mejorar las ventas de fierro viejo a principios del reluciente siglo XXI y hoy forma parte del imaginario colectivo de la ciudad entera.

Hablemos un poco del oficio del fierro viejo; es una tradición, particularmente en este punto geográfico: durante el virreinato y hasta finales del siglo XIX esta zona fue la Hacienda de Nuestra Señora de la Soledad de los Portales, conservó su apellido de soltera y hoy es conocida coloquialmente como La Portales. En 1888 comenzó su traza urbana y olvidó rápidamente su producción ganadera, sin embargo la ubicación favorecía el comercio, al mismo tiempo que la reluciente modernidad configuraba la arquitectura del barrio con toques Art Decó para los mejor acomodados y proveía de exquisita convivencia en los condominios horizontales que todos conocemos como vecindades, a la par que el gobierno otorgaba los servicios indispensables a los que debía acceder la clase media mexicana de la gran metrópoli; como parques, clínicas, colegios y mercados, particularmente el mercado de la colonia Portales Norte, fue construido en 1957 como resultado del reordenamiento vial, ya que en la zona continuaba una actividad comercial intensa, junto al mercado se hacían presentes los “ayateros”, que son los vendedores que van con su costal, y fueron reubicados un par de veces más hasta llegar a la intersección de las calles; Libertad, Rumania y Santa Cruz, donde, a regañadientes, aún conservan su espacio. 

Para este gremio es habitual comprar, vender o truequear todo tipo de objetos, que de mil maneras son latentes acervos históricos y culturales. Millones de objetos circulando en bolsas, costales, cajas. Para algunos es a través de la recolecta de calle en calle, para otros, es surtirse en algunos puntos de abolengo. Muchos objetos provienen de la zona oriente; del bordo de Xochiaca, del tianguis el Salado, San Juan, Santa Cruz Meyehualco ó San Felipe de Jesús, a dónde llegan a vender muchos pepenadores de los tiraderos e incluso gente de los estados de Puebla, Morelos e Hidalgo quienes conocen que en la Ciudad de México se vende a mejor precio la chachara fina. Ahí comienza el fabuloso viaje: “La basura de un hombre es el tesoro de otro”. 

El abasto de la “chachara” se da incesantemente en un magnífico intercambio proveniente de cualquier lugar del globo terráqueo, debajo de las lonas color rojo y amarillo que iluminan las mesas barrocas atiborradas de cuanta cosa en la que convergen todas las épocas posibles; los soldaditos de plomo, el reloj sin cuerda detenido a las 3:35 pm, el dominó de corona, la mascota oficial del mundial del ‘95, las botellas de perfume Guerlain, la charola del pato pascual, los discos de vynil, las gafas amarillas y redondas, las esbeltas figuras de porcelana, las cucharas de plata, las fotografías achicharradas de un álbum familiar olvidado, los candiles de cobre, la caja con joyería mixta y los recuerditos de Oaxaca, París, Tepetongo y Hong Kong por igual. 

Así se arman los tablones o tapetes de vendimia en las que los objetos permanecen quietos durante su jornada esperando a algún transeúnte que vibre en la misma frecuencia, y compartan algo indescriptible, esa especie de aura que rodea al objeto y logra captar la mirada, la curiosidad ó los recuerdos del visitante. A cada encuentro el objeto será levantado, inspeccionado minuciosamente, mientras el vendedor se pone alerta y atento declama en automático: “Chéquele lo que le agrade, le damos precio…” en centésimas de segundo, el vendedor ya sabe si lo va a dar caro o barato, bajo la primer enmienda de todo tianguis: “Depende el sapo la pedrada.” Comienza el juego siniestro… 

Es mejor no parecer tan interesado, o tan informado sobre el valor del objeto en cuestión, a veces el truco es preguntar por otras cosas y en el inter preguntar por el precio del objeto de tu interés, así casual… Incluso, si tenemos dudas sobre el objeto, es mejor cuestionar ¿qué es y para qué sirve?, depende de su naturaleza y cada chacharero experto tiene su técnica y sabe leer a los vendedores, comienza el regateo, ese arte oculto de una negociación entre broma y broma. Comienzan las premisas sobre las bondades del objeto, la mediación entre precio y precio pero sabemos en qué punto el vendedor no dará el brazo a torcer:

¿Y éste a cómo?

“Deme $250 pesos” 

¿ya lo menos?

si, es que es pieza de colección”,

mmmm $150… 

“uy, no es que esos no llegaron a México”,

$220 pa’ persignarme, si no, no sale. 

$200

Bueno sale pues, ¿Quiere bolsa?

El colmillo y la vagancia son idóneos para los que deciden salir de cacería a estos mercados y se apasionan por los objetos de múltiples historias que han pasado de mano en mano, que tienen una vida propia que es imposible descifrar por completo.  

Le denominamos tianguis; del náhuatl tiānquiztli desde tiempos prehispánicos, para ser más propios basta llamarlo “mercado sobre ruedas”, para ser más populacheros tianguis o mercado de pulga; particularmente el mercado de antigüedades de la calle de Rumania. Se ha consagrado como un espacio tradicional para los chachareros de corazón, antes de que se pusiera de moda lo “vintage” fue recorrido de cabo a rabo por el escritor Carlos Monsiváis, algunos locatarios lo recuerdan y forma parte de su carta de presentación que aumenta la plusvalía de su vendimia, afirmando; “Aquí venía Monsiváis”. Y la verdad, quien como Carlos que hizo de las letras su vida y en sus letras reflejó todo lo que le apasionaba y cultivaba el alma, un letrado coleccionista que vibró con cada objeto encontrado, encontró los vestigios materiales de los rituales del caos que observó y retrató con perras negras tan vigentes veinti tantos años después. 

Tal vez ya no encuentres un grabado de Guadalupe Posada entre las chacharas, pero recuerda que somos efecto de una bola de nieve y si hoy apuestas por adquirir, un grabado, una pintura, un artilugio de esta década o la pasada, el tiempo le podría hacer justicia a tu inversión y al paso de los años, ese autor anónimo o ese objeto random se convierta en un objeto del deseo por un millón de variables que podrían ocurrir… 

Aquí todo sigue igual como cuando estabas tú. Como dice la canción, Carlos, sabes, te has perdido casi una década de contemporaneizar tus palabras, si escribiste sobre Julio César Chávez, hoy es el “Canelo” Álvarez, La vírgen sigue congregando a miles, pero ya tiene competencia con San Judas Tadeo, el metro se sigue llenando, las horas pico ya son todo el tiempo, el California dancing club, sigue ahí, pero los millennials han hecho del Salón San Luis y el Barba azul sus espacios predilectos para echar cabaret, las pulquerías hoy adquieren un extraño prefijo como neo.

Por que nada es para siempre, y hasta la belleza, cansa, pero entre tanta mudanza, la cháchara sale a las andanzas.

A. Reyes

Artista, museógrafa, apasionada de la ciudad, la vagancia, la vida misma disfruta de un buen pulque y unos chilaquiles

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