“Podrías morir un día cualquiera

 la hora poco importa

 son tiempos oscuros.

 ¡Escucha atento a las sirenas!”

Real de Catorce: “Un medio día triste”.

Un viernes cualquiera. La mercadotecnia nos lleva hasta una “fiesta cubana” en el salón de baile La Maraka, cuatro orquestas anunciadas parecen una buena opción. Llegamos temprano sólo para ver que el lugar está lleno de familias, como si fuera una fiesta de XV años. La publicidad no decía que era el festejo por el segundo aniversario de una escuela de baile, aunque las orquestas pudieran ser muy buenas, el festejo nos dejaba de lado y decidimos cambiar de lugar para ir al Mama Rumba. El espacio caribeño se ha vuelto de lo más ridículamente elitista, todos van a ver quién llega, cómo y con quién. La orquesta toca a ritmo de son cubano música de Maluma y los bailarines se reservan el goce de sacar sus mejores pasos, todos escaneándote con la mirada. De baile, ni hablar.

Dos mojitos después nos vamos a donde sí se vaya a bailar y llegamos a un sitio en el Centro de la ciudad con mucha historia y cuyo nombre omito para no perjudicar al establecimiento. El lugar es de fácil acceso, no hay cover ni consumo mínimo; la orquesta toca, y toca bien, y en la pequeña pista la gente ¡BAILA! El público, dividido entre el barrio y los hípsters en busca de nuevas vivencias, baila, bebe y disfruta en un ambiente relajado. Están las parejas, los grupos de amigas, de amigos, los que van solos, las que van solas. La decoración es divertida, las cortinillas metálicas, las paredes de azul intenso decoradas con figuras de sirenas voluptuosas, justamente como las ficheras del lugar: mujeres de diferentes edades dispuestas a acompañar la fiesta bailando y bebiendo, su indumentaria no es exótica (llevaba más lentejuela en la blusa yo), su actitud no es vulgar, son, en palabras de mi amiga ¡señoras ficheras!

Todo es risa, baile y alegría hasta que en la pista un hombre de unos sesenta y algo, quien divertido bailaba con dos chicas, cae al suelo. En la pista el baile sigue, la orquesta continúa. Gente del establecimiento se acerca a auxiliar. Noto el alcohol y a los hombres hincados atendiéndolo. Regresamos a la mesa. Pasa una melodía, en la siguiente volvemos a la pista y en poco tiempo, vemos al personal del lugar haciendo maniobras de reanimación cardiopulmonar al señor tendido en el suelo. La imagen nos sorprende a todos  y en un acuerdo tácito empezamos a retirarnos de la pista. Volvemos a nuestras mesas preocupados, sorprendidos. La melodía termina y la orquesta toca una pieza más, pero con caras largas. Ya no hay personas bailando, se escuchan murmullos en y todos estamos expectantes. Lo peor ocurre enseguida, un grupo de cuatro o cinco hombres corpulentos, empleados del lugar, levantan al cliente: ahora sabemos que ha fallecido. Lo sacan del establecimiento y lo depositan en la banqueta para, seguramente, evitar líos con la autoridad.

Acto seguido, y sin una palabra de por medio, empezamos a retirarnos. Al salir ya no está la ambulancia, ni el hombre de unos sesenta y algo quien minutos antes bailaba divertido con dos mujeres, ya se lo llevaron. La gente que quería entrar pregunta qué ha pasado. Se ha corrido el rumor. En los tacos de al lado, un licenciado, quizás del MP, invita los tacos a las chicas que ese día más temprano han terminado su jornada; ha llenado su refresco de manzana con whiskey y hablan de lo que acaba de ocurrir. Mariana, una atractiva morena de veinticinco años y madre de niños de diez años, que tiene ocho días haber empezado a trabajar allí, está un poco triste, un poco sorprendida. Conversamos todos, tratando de aligerar la dramática noche, una vida se perdió entre risas y baile, alguien menciona: “pero murió contento”, la lluvia cae, la noche será larga para algunos, la vieja ciudad de hierro cuenta una historia más y como un blues del Real, recuerdo estas letras “Podrías morir un día cualquiera, la hora poco importa”.

Raquel Hernández

Antropóloga, humanista, amante de la vida, las letras y el buen mezcal que le recuerda a su tierra natal en el corazón de Oaxaca.