Por Rogelio López de la Rosa.


No recuerdo la primera vez que me subí a una bici: recuerdo caídas, juegos y emociones, también la primera bici que nos compraron (a mis hermanos y a mi) cuando yo tenia como 12 años, una Turbo STARK, que aun sirve. 

Años después, la bicicleta me acompañó al trabajo, hacia mis recorridos de un punto a otro. El sistema de bicicletas públicas de la ciudad, era una de las pocas fugas que tenía de un empleo altamente frustrante. Salir del turno y poder recorrer las calles del sur de la ciudad sin tener que entrar al caótico metro, me salvó un poquito de mí; de eso tendrá 7 u 8 años.

Y suspendía y recaía, en ciclopistas, avenidas, terracería, en mitad del desastre del temblor o el desorden del tráfico. 

Y de pronto el virus. Y de repente la inmovilidad y el miedo, mi mundo se detuvo de manera abrupta, pero eso no duró mucho. Yo agarre la vieja STARK y durante varios meses pedaleé y pedaleé. 20 km al día, 5 días a la semana y a veces algún fin que salía a ver a alguien. Y me dijeron que estaba loco, que me iban a matar, que no podía entrar vestido así al trabajo, que agarrara un carro que era más seguro y varias cosas más.

Los malos hábitos matan, las leyes, las enfermedades, el fisco y la iglesia, la pedantería, la soberbia, la violencia y la duda; hay muchas cosas que nos van a terminar de manera terrible, dolorosa, en agonía y desesperanza. Hay cosas que hacemos, que nos matan de a poco y que son más terribles que enfrentar a las leyes de la física y la movilidad. La gente se muere sin que haya valido la pena, por exceso de grasas, por exceso de trabajo y de penas, por conflictos no resueltos y pleitos innecesarios, sin amor propio ni pena ajena, en soledad y en tránsito.

No le tengo miedo a la vida, yo no la pedí, ni la deseé. No creo en la misma más allá de la fila del registro civil y las actas de defunción. Creo que, como energía y materia, sólo nos transformamos, en una marca en el pavimento, calor disuelto en el ambiente, nutrimentos para árboles y suelos. Pasamos de tener un nombre registrado a una lápida en el campo santo, sin nuestro consentimiento y sin que haya pasado gran cosa en el medio; una vida llena de restricciones sociales, de miedos, prejuicios y cumplimiento de deseos ajenos y de terceros. Vivimos una vejez que es reflejo de esas desventuras y deficiencias, errores y omisiones, preguntándonos ¿qué hubiéramos hecho distinto?

Sí, asumo y le sumo un riesgo a esta existencia cada que me subo a una bicicleta; pero en verdad vale las dificultades. Y tanto vale que lo seguiré haciendo porque quiero sentir más, ver más, vivir más. Porque la vida no está para quedarse inmóvil, nadie sabe exactamente para qué está, pero mientras pueda evocar emociones, experiencias, gente hermosa y poder fundirme en esa energía que me rodea, seguiré sobre mi sillín, sobre dos ruedas, yendo y viniendo a casa. Con las piernas amoratadas y la energía a ceros, con mil imágenes de los valles, los cerros, los campos infinitos de flores; con el recuerdo de lo que casi nadie más puede ver en un sólo día y unas horas empujando las bielas. Hay que pedalear, las experiencias de vida se construyen así, con esfuerzo, fuerza y convicción. La plenitud que busco, tiene esa vertiente, donde la cedencia se acomoda, la cinética actúa, la inercia me lleva, el momento angular se mantiene; donde las fuerzas de la física se reúnen para llevarme con las manos sobre mi manubrio 

Ayer recorrí más de 150 km con dirección a los dos volcanes guardianes de la ciudad, vi a mi animal místico esconderse a mi paso, recorrí amplios campos de maíz, carreteras olvidadas  nunca pavimentadas y pueblos tranquilos con aroma a pulque. Saludé a varias docenas de locos, me mojó el rocío del bosque, su lluvia y su neblina, subí más de 1800 metros, a un punto al que dos días antes no tenía ni planeado, el que quizá vislumbré como una posibilidad y un reto según contaban los reyes de la montaña. Desde la cima de la resbaladilla más alta a la que he subido descendí a 60 kilómetros por hora, con la emoción y el viento sobre mi cara, entonces me perdí un poco en esa energía verde, la humedad del bosque, el zacatuche y sus consumidores. En el silencio que sólo se rompía a mi paso, seguí las curvas de un descenso que deseaba infinito.

Es de vital importancia medir las distancias, la velocidad, el frenado, la posición del cuerpo sobre la máquina, no distraerse, con los ojos sobre el camino y la mente en la calma y la felicidad, conducir de manera delicada sobre cada “U”, “S”, “C”, “O” u “L” que aparezca frente a ti. Al tomar una curva hay que evitar que la inercia nos escupa al carril contrario, mantener arriba el pie correcto para no rozar el suelo, controlar los movimientos evitando recargarnos demasiado hacia el frente. Siempre se disminuye la marcha con el freno delantero, evitando presionar a fondo; en descenso, el  freno trasero es de apoyo, de cuidado y preferentemente de emergencia. Puedes quedarte sin frenos y volar: en libertad como los pajarillos, en libertad, que nadie me pregunte a dónde vas.

Aquel día había llovido toda la tarde, el pavimento estaba húmedo, ya era tarde así que cuando paró de llover, el agua no se evaporó de inmediato, sobre todo en las zonas donde el bosque es más frondoso e imponente. Todo ese frío que mi cuerpo había absorbido comenzó a secarse con el viento que me abrazaba. De nuevo entré en calor, ese calor que te infunde el deporte y la emoción de tus signos vitales activos. ¡Estar Vivo!. En una pendiente a la velocidad que iba, lo normal es que las manos se te duerman por el enfriamiento provocado por el aire estrellando contra la piel y, sin embargo, sólo sentía calor y emoción. Viendo mi horizonte más próximo, calculaba las curvas que debía tomar, avisaba a mi compañero de los descensos de velocidad necesarios. Ya antes había tomado curvas así, en descensos similares, conocía a mi compañera en aquellas condiciones, conozco sus deficiencias y sus fortalezas también. Pero el verde, el hermoso verde me atrajo como un diamante en la penumbra. Y empecé a notar algunos fallos en mis cálculos y alguna disfunción en mis zapatas, remonté y rehice algunos movimientos con el fin de reducir los errores. Sabía lo peligroso que podía ser aquello. Seguí pedaleando, seguí avanzando y dejando las curvas y seguí sintiendo el verde húmedo, el verde aéreo, el verde efímero. Mi sudor sabía a mar, era, un mar en mitad del bosque, en medio de las montañas más altas de mi país. “S” y “C” Siseo y celeridad me alcanzaron sin que yo pudiera disminuir mi velocidad lo suficiente, sólo alcance a sentir mis frenos incapaces, mi llanta trasera derrapando y finalmente  mi bicicleta recostandose conmigo en el dulce pavimento que antes daba sustento a mi avance. El sueño verde se detuvo, mutando en miedo rojo y dolor azul. Un golpe de 5 segundos, no había terminado de caer cuando ya había aventado mi bici fuera del camino “un accidente es suficiente por hoy” fue lo único que mi cuerpo alcanzó a reaccionar. El impacto sólo me produjo un raspon en la rodilla izquierda, el resto del impacto se absorbió por mi casco, mi mano izquierda en grado menor y mi espalda de manera desastrosa. No me rompí ningún hueso, ni me quedé varado durante largo tiempo. Mi amigo me alcanzó, entre él y yo hicimos la valoración. Los daños eran menores y el camino a casa aún era largo. La única forma de salir de ese mar verdi-rojo, era pedaleando. No quedaba más, yo estaba bien, seguía vivo, seguía emocionado y feliz. Y las montañas me habían dado su lección verde agua. 

¡SONRÍO!

Rogelio López de La Rosa

Ciclista, trabajador empleado, multitareas, introvertido por sorteo y creativo en reactivación.