La ví sentada en la banca de la iglesia. Majestuosa, melancólica y seria. Con la mirada en dirección a los santos y las vírgenes. Yo estaba a su lado, con un codo apoyado en la banca de enfrente y el otro en la banca donde estábamos sentados. Sus rodillas estaban firmes en la misma dirección que sus ojos, las mías apuntaban a las suyas. Sus rodillas, que me recordaban sus hermosas piernas. Piernas que vi enredadas en mi cuerpo, abiertas, receptivas y fervorosas de mi.

Sabía lo mucho que me amaba, lo mucho que luchaba por tratar de no ceder a mi llamado, de no volver a abrirme su corazón, su mente y sus piernas. Le encantaban mis besos, mi cabello, mi mirada, mi torso. Pero no mi manera de demostrarle mi amor, lo sé porque muchas veces me lo dijo; riendo, llorando, gritando… también seria, con la boca seca.

Ella sabía que a veces no era prioridad para mi, pero pacientemente se aferraba a su fe religiosa conmigo. Casi podía oír que entre sus rezos me encontraba yo, la imaginaba con los ojos muy cerrados, las palmas de las manos muy juntas y los labios gesticulando pequeños murmullos. Pese a ser cercana a lo religioso; ritos, cánticos, conocimiento de lo sacro y profano de su fe, no le hacía gracia mi expresión “tú eres mi catedral y no capillita”.

Me gustaba retrasar el sexo con ella, porque cuando por fin la tenía desnuda y excitada, toda su energía y concentración religiosa, la orientaba hacia mi. Como una persona que ayuna por días, imagina la delicia del comer y cuando por fin puede acceder a ello, cada bocado es un pedazo de gloria en su paladar; los gemidos, el disfrute, el pedir y pensar que nunca se acabe ese pedazo de cielo.

Una vez me dijo que cuando nos distanciabamos -o me distanciaba- sentía que el mundo le mandaba mensajes de mi: el cielo azul -mi color favorito-, la canción en la radio -nos conocimos en una fiesta patronal-, el café por las mañanas -como mis ojos-. Con eso, toda la voluntad de ya no verme, se le desvanecía.

Me gustaba y me gustaba mucho, desde el día que la ví. Estaba repartiendo comida en una Kermes, en honor a San Sebastián. Cada plato que servía lo hacía con mucho esmero. Preguntaba, a la persona en turno, si quería agregar un poco más de algún ingrediente y sellaba el reparto con una sonrisa. Yo la miraba intentando no abrir la boca de la impresión de verla, su cabello -que intentaba acomodar hacia atrás con un movimiento semicircular del cuello- sus ojos rasgados, sus labios carnosos y los pequeños pedazos de piel marrón que asomaban de sus prendas.

Me formé en la fila de la comida, sin la intención de conquistarla, solo quería ver si más de cerca se veía igual de hermosa, o solo era el efecto de la lejanía. En ese momento no me cruzó por la cabeza que pudiera ser mía, honestamente no lo pensaba como posible, pues tenía la idea que generalmente esas diosas ya tienen dueño, alguien guapo, adinerado, joven o quizá sólo amable y elegante.

Llegó mi turno y pasaron dos cosas: comprobé que de cerca era aún más linda, así que fruncí mi ceño para evitar abrir la boca de la impresión

-Si quieres agregar más queso y salsa, con gusto lo puedes hacer… señor enojón-

Me sonrió y ladeó levemente su cabeza. Le sonreí con el ceño, todavía, un poco fruncido.  Ese fue el primer encuentro que tuvimos y todavía está muy dentro de mi, cada vez que lo recuerdo siento que me ahogo por unos segundos. 

La última vez que la ví, en un principio, ni el reojo de su mirada me daba. La comisura de su boca apuntaba hacia abajo, respiraba profundamente:

-Hace una semana fuí a la ciudad con mi prima, Lorena…

-¿La que tiene un corte de cabello como el mío?- la interrumpí.

Ella por fin volteó a verme, fijó sus ojos en los míos y se volvió en dirección a las vírgenes y los santos.

-Si, esa- me contestó.

-Fuimos a una clínica… y tuve que deshacerme de una parte de ti y de mi

-¡Abortaste!

-Si. Hace dos meses que no te veo… hasta hoy 

-¿Cómo pudiste? eres una falsa, una mal religiosa… en qué momento tú y tu prima… si son como agua y aceite 

Nuevamente volteo a verme, sus hermosos ojos rasgados los fijó en los mios:

-Ya no me arrepiento de haberlo hecho. Siempre he creído en el cielo y en el infierno; contigo he probado un poco de ambos, uno más que otro, también he llegado a sentirme en el limbo. Un pedazo de mi no tiene por qué vivirlo. Las noches que rezaba por ti, por mi y por entregarme cuando no debía, las voy a cambiar para dar gracias que por fin no deseo estar contigo, ni cerca de ti, y nada que me hate a ti. No quiero que te acerques a mi otra vez.

Mi boca se mantuvo abierta todo el tiempo que escucho esas palabras; no las podía creer, no podía creer lo que hizo, no podía creer que su voz no se había quebrado, que toda la adoración que sentí, llegó a tener por mi, ahora le causaba repulsión. ¿Fue su prima? esa loca oveja negra de la familia, en estos dos meses ¿se encontró a un guapo, rico y joven hombre con quien casarse? ¿tanta iglesia le chupó el alma?.

Después de eso, solo ví -en especie de cámara lenta- como se levantó, persigno, arregló su falda y se fue sin voltear. Cuando su silueta no se veía más, me acomode en la banca, intenté mirar a los santos y las vírgenes que me quedaban de frente, pero unas vergonzosas lágrimas me hicieron salir de la iglesia. 

Mariana Corona García

Vecina del Centro Histórico de manera intermitente, apasionada de los fenómenos sociales; socióloga egresada por la UAM-X. Convencida de que la escasez en el mundo es artificial, la diversidad enriquece y la igualdad nos une. He escrito para Cultura Colectiva y un blog llamado la Locura de Lola, también he colaborado en el tercer sector y el público.