Por: Jalil Rashid

– Tienes el hueso estrellado mi niña– le dijo su abuela con ese tono juguetón intentando animar un poco a Estela cuando la visitó en el hospital. La pierna se le desfiguró tanto como la vida. Como si por cada fisura del hueso le hubieran entrado las tinieblas. La depresión había estado latente desde hacía varios años, pero el accidente la sumió más, si aún cabe, en su abismo íntimo. Durante los meses en cama lo decidió: se despediría definitivamente de todo y de sentirse rota.

Fue a mediados de mayo que abandonó el hospital, entonces confió a sus pocos allegados, de manera fugaz, el viaje a Canadá. El clima frío y la terapia con agua helada favorecerían la sanación. Explicó que el método era recomendado habitualmente por expertos en fisioterapia. Todo cuadraba y la coartada fue infalible. Partió sin más.

Tuvieron que pasar un par de semanas para aprender los procedimientos necesarios. Si bien la tarea que se proponía no requería gran ciencia, sí exigía algo de destreza. Una sierra para hielo, unos guantes de carnaza y un taladro manual, serían más que suficientes. De cualquier manera, ensayó un par de veces con bloques de hielo, que fueron más difíciles de conseguir de lo que esperaba.
Durante esos días, Estela se despertaba muy temprano todas las mañanas y durante el tiempo de la alborada, cuando clareaba el cielo, daba los buenos días a la primera luciérnaga en el cielo y en ese ritual algunas veces pensó en desistir de su empresa. En las noches llenas de estrellas, en su cabaña solitaria junto a una montaña muy hermosa, se sumergía en la bañera con el agua todo lo fría que podía aguantar, esa parte de la excusa al menos era cierta. El dolor inmenso de su pierna se aminoraba y casi podía sentir en el cuerpo, la voz de Lucía, confortándole el alma en la distancia; como si el agua de su tina se extendiera hasta los mares lejanos donde su hermana se había recluido y le llevara su abrazo. Tenía años que su reflejo estaba roto también, acaso por azares distintos.

Y por fin llegaron los días de diciembre que comienzan a alargarse y marcar el renacimiento. Aguardó a que Héspero asomara. Guardó las herramientas en una bolsa y se dirigió al lago congelado. Casi treinta centímetros de hielo, la tarea fue más ardua de lo que anticipó y cuando un par de horas después terminó la trampa, se recostó a un lado a tomar un poco de aliento. Pensó por un instante en rendirse, pero continuó, incluso por orgullo; si ya había llegado tan lejos no podía fallarle a la muerte. Después sin meditarlo más se lanzó en la obscuridad.

El agua helada no fue el tormento que supuso. Abrió los ojos mientras se hundía. Sin más ruidos que los de su propio ser, ni más luz que la proveniente del agujero en su cielo de hielo, encontró la paz y la revelación: el océano murmuró en su oído, ella junto con su hermana, eran la exégesis de la astronomía y la navegación. Ambas entidades previas a la humanidad, símbolos a los que los antiguos marineros se arroparon por misericordia. Descubrió que la estela de luz era proyectada desde su cuerpo hacia el firmamento y no viceversa. Su fin no podía llegar allí. Decidió ascender muy lentamente y enarbolar su destino. Salió por la hendidura del lago y continuó su camino, brillante cual lámpara de aceite en la noche. Su edad apenas comenzaría. Las sombras y las estrellas en sus huesos debían esparcirse todavía y servir de guía para nereidas y sirenas.

Jalil Rashid

CDMX, 19 tijirialgo. Desde la última vez a la fecha, sigue vivo mientras tanto… No sabemos si ya vende piñas. Tal vez sí