Por Delicado Quintero


Hace unos días pasé a buscarla a su lugar de trabajo en el Mercado Hidalgo de la colonia Doctores. Me dijo un señor que igual la hace de “viene viene” que ya se había muerto, por la edad, que nunca supe que tenía o tiene pues uno puede creer cualquier cosa, ahora con la pandemia, uno no sabe si volverá a ver a los amigos que encontrabas en las pulquerías.

En varios aniversarios del Mercado bailé con ella unas buenas cumbias, ella me cuidaba diciendo que era su nieto, a veces su sobrino. -Talía, me lo prestas para bailar- le decían otras señoras y yo bailaba con ellas sin saber los pasos.

No recuerdo el día que la vi por primera vez, en las paredes de lo que fue La pulquería “El salón Casino” aparecía en fotos, tal vez la vi primero ahí. Hace unos diez años comencé a frecuentar esa pulquería, un día me volví parroquiano de ese espacio en la colonia Obrera. Por aquellos tiempos, no tan lejanos, la pulquería era pequeña, tenía una rockola, la barra la atendía Giovanni y de mesero Jaime, el hijo de Jorge el dueño otro era el flaco siempre ayudando en esto y aquello, luego bien borracho. Después fueron entrando otros más chavos y otras chicas de las cuales tengo muy buenos recuerdos por que los veía como amigos.

La Talía porque ese es, ó era su nombre, llegaba después de las 6 pm., -al rato llega- siempre decían. Jaime afirmaba que desde que la recuerda se veía exactamente igual. Talía es una señora pequeña, gordita, blanca, que siempre trae un sombrero o una gorra, las gorras le gustan con muchas cosas brillantes, siempre muy limpia y con ella un palo que le ayuda ó trae de bastón y de vestido con un mandil.

No me acuerdo del día que hablé con ella por primera vez, pero de pronto nos fuimos haciendo los mejores amigos, yo iba todos los días a la pulquería a ver a qué sabía el pulque, igual la botana me gustaba. No era tan seguro estar en esa pulquería, no había tantos jóvenes y no era tan popular, era una pulquería muy bonita de barrio, donde había luego sus trancazos, de los cuales una vez me salvaron nomás por estar ahí sentado.

Recuerdo que Talía se tomaba un curado y blanco que luego “campechaneaba”, lloraba seguido por Pancho un señor con el que anduvo, también él ayudaba en el casino, lloraba y me decía: Pon esa de “Tu con él”, o la de “Aunque te duela”, ya cuando se le pasaba el momento romántico, me pedía que pusiéramos la “rumba chachachá” y así no la pasábamos entre los recuerdos de su vida y mi vida.

Ya desde ese tiempo me interesaba retratar pulqueros y ella era excelente modelo, le encantaba que le tomaran fotos. Por años seguí yendo nomás para ver quien estaba en la “pulcata”, y cuando no la veía era por que se iba con sus hijas allá por Santa Martha. Con todo y que ya se veía grande, aún tenía su pegue, había un señor que se ponía celoso de verme con ella. Fue la primera que me quitó el miedo a no saber bailar, me dijo: -Párate o qué me vas a dejar con la mano estirada-, pues me pare y desde entonces, no dudo en bailar y pasarla bien cuando ponen de las buenas. Alguna vez, me contó que su mamá la encerraba para no ir a bailar, y riéndose me decía: -Yo me escapaba, desde chamaca me gusto el desmadre-. Muchas veces me aconsejó en el amor, teníamos la confianza de hablarnos de lo que sea, una vez me dijo: -Estas enculado, esa vieja ya te enculó, un poco celosa. 

La pulquería el Salon casino ahora se llama “La Catedral del pulque”, y ya en toda la esquina se vende pulque y al lado, comida y cerveza. Ha crecido el negocio, se fue el señor de los tacos y los otros jales que ahí había. La pulquería era amarilla ahora es azul, ya no está la rockola, pones tu música en el youtube, muchos parroquianos ya no volverán, ya casi no iban, el público cambió, el pulque también cambió y yo dejé de frecuentar porque conseguí trabajo. Poco a poco me fui alejando de Talía por la circunstancia, me dijo un día: -Me traicionaste, me dejaste sola-. Ya no pude volver o ya no quise. Me encantaba poner música y pasar mis días ahí sin hacer nada, más que disfrutar del pulque, conocer gente mayor, escuchar música, estar con la Talía echando la broma, a veces nos íbamos por una cerveza en carro (taxi) al «Sol» que era un bar de mala muerte sobre Tlalpan muy cerca de san Antonio Abad. Ahora venden uniformes.

Como todos dicen; todo por servir se acaba, yo no sé qué necesidad tenía siempre de pasar, bajarme en Tlalpan y caminar al casino, invitar a quien fuera ahí. No solo me pasó en esa pulquería me paso el mismo sentimiento de pertenecer en otras pulquerías pero ahí fue un tiempo y en ese tiempo Talía fue mi mejor amiga y nadie me creía que por su edad fuéramos los mejores amigos. Hoy ese joven que se la pasaba metido con su cámara, que una vez también ahí se la robaron, se quedó en ese mundo de recuerdos pulqueros. Talía está o no muerta, no lo sé. Seguro iré pronto al casino por que siempre será el casino para mi y espero encontrar el recuerdo de ese joven sentado frente a la entrada mirando y esperando después de las 6 pm., a que se abran las puertas y entre la Talía con su bastón, sus zapatitos cómodos, su bolsa de costal, su bastón y uno que otro diciendo: -¡Ya llegó la Talía, vamos a cerrar!-, a otros diciendo: -Mira esa señora que extraña- y ella diciéndome: -Vengo bien acalorada ó cansada, u hoy si salió; ya que era “viene viene” y mantenía a unos cuantos, a veces hasta a mi me presto pa’ mi pulque. ¡Salud! Por mi Talía.

Delicado Quintero

Fotógrafo pulquero, y vagabundo de aquellos.